#media_5165;right# Un momento de encuentro para recoger las últimas noticias de campañas y proyectos que están en marcha y se presentaron en anteriores jornadas (por ejemplo, la campaña contra las patentes de software), agitar debates que aún no tienen tanto calado social (canon por préstamo público en bibliotecas, patentes científicas o farmacéuticas) y avanzar algún paso más en otros bastante conocidos (la música, la edición de libros, el canon de CDs y DVDS, las últimas sentencias judidiales "copyleft"...).
Igualmente, tratamos de incorporar en el programa talleres prácticos de uso de herramientas libres para la edición musical y audiovisual, y presentaciones de cortos, del videojuego copyleft y fronterizo "Bordergames" o de la original plataforma Burnstation.
web de las jornadas
Después de las primeras noticias que aparecieron en este Indymedia acerca de las jornadas críticas de propiedad intelectual que preparamos para marzo en Málaga, aquí tenéis una breve presentación y un enlace que espero que os sirva.
Estas jornadas, que pretendemos que sean una continuación de los encuentros copyleft (y copyfight) previos, se vienen gestando en un proceso de más de un año en que de las discusiones previas se derivaron diferentes proyectos e intervenciones hasta finalmente, con el apoyo del programa "Arte y pensamiento" de la Universidad Internacional de Andalucía, conformarse el grupo promotor que pone en marcha este evento más amplio y ambicioso.
Con él pretendemos un momento de encuentro para recoger las últimas noticias de campañas y proyectos que están en marcha y se presentaron en anteriores jornadas (por ejemplo, la campaña contra las patentes de software), agitar debates que aún no tienen tanto calado social (canon por préstamo público en bibliotecas, patentes científicas o farmacéuticas) y avanzar algún paso más en otros bastante conocidos (la música, la edición de libros, el canon de CDs y DVDS, las últimas sentencias judidiales "copyleft"...).
Igualmente, tratamos de incorporar en el programa talleres prácticos de uso de herramientas libres para la edición musical y audiovisual, y presentaciones de cortos, del videojuego copyleft y fronterizo "Bordergames" o de la original plataforma Burnstation.
En esta edición, además, hemos querido imprimir un toque nómada, empleando sedes "móviles" del centro de Málaga para tratar de llevar estos debates a más gente de la propia ciudad y particularmente de los gremios afectados. De este modo, os proponemos que recorráis con nosotr*s los vericuetos del centro de la Costa del Solar a la búsqueda de culturas que emerjan al margen del penúltimo eslogan especulativo de nuestro Ayuntamiento, "Málaga Capital Cultural 2016", o del despiporre con alfombra roja de nuestro Festival de Cine Español (sólo una semana después de las jornadas).
Así pues, esta es nuestra propuesta de partida, esperamos vuestras presencias y sugerencias, que desbordéis el programa y compartáis en estos días alguna de vuestras aportaciones a estos procesos. En la página web encontraréis una dirección de correo electrónico a la que dirigir esas dudas e ideas y procuraremos disponer de los medios y lugares para desarrollarlas.
Finalmente, os aviso de que la sección "cómo llegar" necesita aún de actualización y, así, dirigíos a los correos electrónicos de la página si necesitáis aclaraciones al respecto.
Hasta pronto.
www.sindominio.net/copyleft-malaga/
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Re: TECNOCIENCIA Y DESARROLLO
CrÃtica antropológica a los procesos de transferencia de tecnologÃa al Tercer Mundo
Joan Picas Contreras
La innovación tecnológica suele ser considerada como un rasgo distintivo de la modernidad. De hecho, la llamada "alta tecnologÃa" no sólo forma parte de nuestra sociedad, sino que en gran medida la define.
Si progreso es, para nosotros, progreso tecnocientÃfico, se comprende que las polÃticas de desarrollo del Tercer Mundo tradicionalmente hayan propuesto, ante todo, reducir un supuesto déficit en tecnologÃa que se agranda.
La transferencia de tecnologÃa de las naciones industrializadas hacia los paÃses subdesarrollados, sea en el marco del mercado o en el contexto de las polÃticas de cooperación, supone su introducción en un contexto social, cultural y ecológico completamente nuevo, por lo que suele caer en numerosas contradicciones. Por lo pronto, las tecnologÃas transferidas requieren, en general, capital e infraestructuras de las que carecen los paÃses subdesarrollados (y, en cambio, reducen las necesidades de mano de obra y de materias primas, de las que son excedentarios); crean dependencias exteriores; y suelen estar vinculadas a los intereses polÃticos y económicos de quienes las proporcionan. Asimismo, y en cuanto a que responden a nuestra idea de desarrollo, implican la exportación no sólo de unas determinadas formas productivas, sino también de un modelo de organización social.
El objetivo que nos planteamos en este breve artÃculo es el de reflexionar sobre las peculiares relaciones que se establecen entre la tecnologÃa y las polÃticas de desarrollo.
LA METAIDEOLOGÃ?A DEL DESARROLLO
El desarrollo, en este marco, se puede definir como el conjunto de procesos sociales inducidos por operaciones voluntaristas de movilización y transformación de un medio social, impulsados por instituciones o actores exteriores al mismo, que se apoyan en la transferencia de recursos, técnicas y conocimientos. Sugiere un proceso de cambio dirigido y controlado, en cuya definición se incluye la determinación de los objetivos y los medios que se consideran necesarios para alcanzarlos.
En lo ordinario, ha tomado la forma representativa de un diagrama escalar, en el que se significa un arriba y un abajo. En él, gente y culturas son percibidas como entidades abstractas, figuras estadÃsticas que transitan por el camino del progreso que ha de dotar a las poblaciones de unas competencias, medios y capacidades de las que hipotéticamente carecerÃan.
Las actuaciones que se promueven, en efecto, se apoyan en un paradigma modernizador que lleva a pensar el desarrollo en términos de progreso técnico y económico (con connotaciones evolucionistas) y, más aún, a considerar que los problemas planteados son resolubles mediante las herramientas que proporciona la ciencia económica y la tecnociencia. Ello se encuadra en el contexto de un antropocentrismo que halla legitimidad en la facultad y capacidad del ser humano para dominar la naturaleza y configurar su entorno según su voluntad: el hombre moderno ha dejado de ser un espectador del mundo circundante y pasa a erigirse en su dueño(1); la ciencia contemplativa cede el paso a una ciencia activa; la instrumentación del mundo transforma cualquier fin en medio para la consecución de otro fin.
Como en la conquista colonial, estas actuaciones parten de la idea de un mundo considerado como explorable y susceptible de ser apropiado, lo que permite recrear la realidad social a medida adaptándola a los fines institucionales. Relacionan y organizan factores (capital, tecnologÃa, recursos) de manera especÃfica, reproducen construcciones culturales (por ejemplo el mercado), redistribuyen fuerzas con un significativo impacto sobre la gente, crean nuevos vÃnculos y visibilidades, reorientan la conducta de las personas e introducen la disciplina en el trabajo; en suma, posibilitan el tránsito del homo en homo oeconomicus, cuya vida es regulada y organizada de acuerdo con las necesidades productivas o, en plabras de H. Arendt (1958), la victoria del animal laborans (que se mueve al ritmo de las máquinas) sobre el principio de felicidad(2).
No obstante, debemos aceptar que el desarrollo no es connatural a la existencia humana, no es algo que pueda hallarse en ella. De hecho, la misma expresión "desarrollo" no posee equivalente en muchas lenguas (Laurent, 1998: 203-212). De algún modo, debe su sentido actual a la propia "trama desarrollista". Es decir, toma su forma en la retórica discursiva, en las representaciones que se proyectan y en la aplicación polÃtica (en los programas y proyectos de desarrollo).
TECNOCIENCIA
Una cultura está configurada por todos aquellos elementos que permiten a una colectividad ver cumplidas sus aspiraciones sociales: mantener la vida, satisfacer necesidades y deseos, definir y resolver problemas, determinar cómo ha de ser su existencia. Es decir, está conformada por medios materiales, por objetos; por sistemas de organización y de relación social; por habilidades y destrezas, erudición y experiencias asimiladas; por sÃmbolos y códigos de comunicación; por creencias y emociones: esta es, por conocimientos o saberes.
La tecnociencia es un tipo de saber que se caracteriza por su formalismo, su sistematicidad y abstracción, que construye un discurso especÃfico con vocación universal y se postula como el único conocimiento fiable acerca del mundo. Propone determinado tipo de enunciados que adquieren valor de verdad y que le proporcionan legitimidad y autoridad para prescribir -para indicar qué puede hacerse y de qué manera. Los recursos retóricos que emplea van destinados a crear un "efecto realidad", es decir, a construir la ilusión de que aquello que se presenta se corresponde con la misma realidad y, por consiguiente, es indiscutiblemente cierto.
Todo saber que no se someta a la validación de la prueba es, según el criterio de la razón cientÃfica, "falso", quedando subordinado y obligado a subsistir en los márgenes con el rango de ideologÃa, superstición o simple relato (fábulas, mitos, leyendas).
Saber y poder se implican mutuamente. Como señaló Foucault (1976), no hay ejercicio de poder sin la constitución correlativa de un campo de conocimiento, sin la extracción, apropiación, distribución o retención de saber; éste, a su vez, produce efectos de poder.
Cuando la tecnociencia, reduciendo la razón a su dimensión instrumental cognitiva, deslegitima otros lenguajes o cuando, especulando, se legitima a sà misma, actúa revestida de poder. Si ha podido desplazar a otras formas de conocimiento no ha sido por medio de la competencia cognoscitiva, sino debido a su imbricación con el poder. Sin éste, perderÃa su autoridad universal y aparecerÃa como un saber particular contextual y estratégico -que elude la polémica y aspira a influir en ámbitos diferentes- semejante, en algún sentido, a otros tantos.
El progreso tecnocientÃfico
El progreso tecnocientÃfico suele concebirse, de manera reductora, como una sucesión lineal de artefactos, en la que los más recientes reemplazan, en un encadenamiento de éxitos, a otros anteriores atendiendo a su supuesta mayor eficiencia(3). Esta historia de las innovaciones reconstruye un desarrollo unidimensional(4) que subordina lo social a lo técnico: interpreta que las transformaciones sociales son justamente consecuencia directa de la evolución cientÃfica y tecnológica(5).
Sin embargo, la sucesión de técnicas -y de teorÃas cientÃficas que las sostienen- no puede ser entendida como una concatenación autónoma -y mucho menos acumulativa- de mejoras(6). Por contra, resulta más adecuado caracterizar el cambio sociotécnico como una sucesión contingente de oportunidades y circunstancias, que presenta múltiples posibilidades electivas. En lugar de referirnos a una trayectoria lineal, cabrÃa hablar de otra que toma formas irregulares y a menudo aleatorias, con bifurcaciones, superposiciones, intinerarios alternativos, opciones disputadas, descartadas o no consentidas...
Las razones por las que una variación técnica acaba imponiéndose no deben buscarse en su hipotética superioridad (al menos no económica e instrumental). Más determinante que la calidad del producto (se valora en función del conjunto de necesidades que satisfaga) lo es la fortaleza de los grupos sociales relevantes y las estrategias y alianzas que erijan para imponer sus criterios en las controversias (Pinch y Bijker, 1987). Cabe rechazar la posibilidad apuntada por Habermas (1984) de una legitimidad derivada de un supuesto consenso universal que pudiera nacer del diálogo entre los distintos actores implicados. Aunque éstos puedan pactar en defensa de sus intereses, el consenso que pudiera resultar no serÃa más que un estado de las discusiones(7).
Todo ello sirve para confirmar que la tecnociencia es constitutivamente social. Sujetos y objetos participan en un proceso de definición recÃproca, de tal modo que, en palabras de Latour (1987:264), "entender qué son los hechos y las máquinas es lo mismo que entender quiénes son las personas". Por lo tanto, cualquier perspectiva que adopte implÃcitamente una distinción entre lo técnico y lo social deja de lado lo que es una parte sustancial de la técnica (esto es, sus formas sociales y sus efectos sobre lo social), y viceversa(8). Los fenómenos tecnocientÃficos no ocupan un dominio distinto al de los acontecimientos sociales. El examen de los desarrollos cognitivos (técnicos, cientÃficos) debe proceder conjuntamente con la comprensión de los desarrollos sociales concomitantes.
Debido a que la tecnociencia es una construcción social, no puede ser neutral (su bondad o maldad no depende del buen o mal uso que se haga de ellas, sino que está implÃcita en su propia naturaleza). Su pretendida neutralidad no se sostiene ni epistemológica, ni metodológica, ni polÃticamente. Un sistema hidráulico o un pantano, por ejemplo, no son unos artefactos más -como no lo es un arma de fuego-, sino que son un sistema tecnológico que conlleva no sólo un régimen nuevo de aprovechamiento del agua, sino también de cultivo, asà como de organización social, con las consiguientes relaciones de poder que se asocian a las formas productivas.
Si la tecnociencia se concibe en su forma narrativa (más que un largo proceso de descubrimiento de un mundo ignoto, podrÃa entenderse casi literalmente como una forma experimental de escritura), entonces el discurso tecnocientÃfico deberÃa percibirse, asimismo, como una historia contada, que dispone de unas prácticas de inscripción que posibilitan la apropiación jerárquica de lo social y de lo natural, pero con campos narrativos disputados que determinan el camino de la construcción social del conocimiento (Haraway, 1991).
El escenario de la tecnociencia
Una ciencia no es sólo una episteme, ya que también es un conjunto de modos de intervención sobre la realidad reconocida.
Mientras que los llamados conocimientos tradicionales pierden su razón de ser fuera del contexto y de la esfera social en que operan, la tecnociencia occidental es capaz en cambio de difundir a otros entornos los sistemas tecnológicos que produce y diseminar las condiciones paradigmáticas constitutivas (es decir, las "condiciones de laboratorio" definidas por los expertos), aun a costa de generar eventualmente incompatibilidades con otros dominios sociotécnicos no tecnocientificados.
Cuando los tecnólogos estipulan las caracterÃsticas de sus productos realizan necesariamente -en especial si atañen a tecnologÃas artefactuales- hipótesis acerca de las entidades que configuran el mundo en el que se han de inserir (se determinan actores con gustos especÃficos, competencias, habilidades, juicios...). En tal sentido, los objetos técnicos definen un espacio que borra a los sujetos particulares de las enunciaciones, diluye las diferencias y sólo considera los rasgos tangibles que los convierten en idénticos (pasan a ser concebidos como una abstracción, como una unidad singular indivisible que confina en su campo de actuación).
La técnica contiene y produce una geografÃa especÃfica de responsabilidades. El diseñador confecciona y expresa el escenario, establece las interacciones decidiendo qué se puede delegar a la máquina y qué se puede dejar a iniciativa de los actores humanos, qué recursos pueden circular y cuáles quedan excluidos. Las competencias de cada uno están marcadas en el guión: los usuarios tan sólo deben someterse a las prescripciones que se le imponen (no se plantea siquiera la posibilidad de que puedan preferir ejercer un papel distinto al que les corresponde).
Pero al margen de una delegación de funciones en el elemento técnico, también toma cuerpo un proceso particular de delegación moral (las tecnologÃas generan a al vez formas de conocimiento y juicios morales), de manera que las estrategias que se diseñan construyen un orden, controlan la conducta del usuario emplazándolo en una jerarquÃa, obligándolo e incluso sancionándolo.
A su vez, las tecnologÃas poseen la clave necesaria que permite interpretar los acontecimientos en cuanto a que transfieren un conjunto de signos, es decir, de patrones o pautas culturales que colonizan el entorno y que constituyen justamente lo que Habermas (1985) define como el "paradigma sociológico moderno".
LA TRANSFERENCIA DE TECNOLOGÃ?A
La noción de transferencia de tecnologÃa remite al proceso por el cual una técnica pasa de un contexto a otro. Las polÃticas de desarrollo se han constituido en el referente obligado que explica el proceso de introducción y extensión de la "racionalidad cientÃfica" y de sus técnicas fuera de sus ámbitos originarios.
La tentativa de transferir ciertos saberes y know how asociados a los sistemas de significación propios de los agentes del desarrollo hacia poblaciones dotadas de sistemas de significación diferentes conlleva, sin embargo, que los llamados, a grandes rasgos, "conocimientos locales" queden subordinados, cuando no relegados por el conocimiento tecnocientÃfico y la cultura profesional de las instituciones de desarrollo(9).
Es evidente que los conocimientos asociados a la difusión del desarrollo y que los agentes buscan imponer no acceden a un terreno virgen en el que reina la ignorancia, puesto que las poblaciones destinatarias poseen otras competencias y otros conocimientos, técnicos y no técnicos y en modo alguno menos racionales(10), complejos y evolutivos, en todos los dominios afectados (en materia agrÃcola -también en lo que afecta a la protección del medio ambiente-, en el ámbito de la salud -humana y animal- en el de la administración, la gestión y la economÃa...) que son completamente válidos, en general, para hallar respuestas a los problemas que la vida social plantea. En cada uno de estos dominios existe, con carácter previo, un conocimiento técnico "popular" experto que regula las prácticas afectadas.
Pese a ello, el universalismo de la modernidad, asociado al imperativo tecnocientÃfico, ha ignorado o subestimado a las otras culturas tildándolas de primitivas en función de la distancia que separa sus saberes respecto a los nuestros o en función del desarrollo inferior de sus técnicas artefactuales, contemplándolas como irracionales, irrelevantes, faltas de pragmatismo o simplemente limitadas a ideales o a particularidades tan especÃficas que no sólo no interesan para la transformación del mundo, sino que incluso pueden llegar a obstaculizar el progreso.
Pero, más aún, ha atacado al mismo núcleo de la identidad cultural, apuntando a los mecanismos que permiten la reproducción, como entidad diferenciada, de una sociedad particular. Como afirma Durbin (1992:99), "si los masai o los bosquimanos viven mejor o no -dicho en términos de condiciones de salud u otros supuestos buenos efectos de la modernización- no es realmente el problema. El problema, desde mi punto de vista, es que la modernización tecnológica con mucho frecuencia afecta seriamente a las fuentes tradicionales de significación que un gran número de personas tiene, las cuales frecuentemente no poseen ninguna guÃa de cómo desarrollar un nuevo conjunto de sÃmbolos que suministre nuevos significados".
Ciertamente, la ciencia y la tecnologÃa occidentales pueden parecer superiores cuando se trata de medir con precisión o se requiere observar a través del microscopio (un bosquimano, a diferencia de nosotros no tienen necesidad de realizar tales mediciones). Sin embargo, los saberes locales hallan su fuerza relativa, en gran medida, en la experiencia y en la estrecha relación que guardan con la vida y con los medios de subsistencia que emplean las poblaciones involucradas (este tipo de conocimientos, en tanto que alimentan y se integran en el conjunto de recursos que las poblaciones tienen a su alcance, constituirÃan propiamente una etnociencia). Cualquier ejercicio de comparación o contraste entre conocimientos tecnocientÃficos y los considerados como tradicionales evidencia, de hecho, una confrontación entre sistemas y lógicas sociales(11). En tal sentido, resulta absurdo -tal como ha argumentado Winch (1987)- intentar juzgar desde nuestra racionalidad los postulados lógicos de los primitivos, que obedecen a criterios alejados de la vocación instrumental de la ciencia occidental (esto es, de la voluntad de predicción y control de procesos técnicos objetivables).
Es preciso insistir en la idea de que nuestro modelo tecnocientÃfico -y, por derivación, tecnoindustrial- no es el único posible; que éste es contingente y responde a unas determinadas circunstancias históricas y sociales que no necesariamente son extensibles a otros contextos. El imperativo tecnológico es una posibilidad más entre otras y, por lo tanto, siempre es posible -al menos deberÃa serlo- vivir otras alternativas sociotécnicas.
TecnologÃas fracasadas
La transferencia de tecnologÃas a los paÃses subdesarrollados supone emplazar útiles y herramientas diseñados y empleados en sociedades industriales, concebidos para satisfacer necesidades especÃficas de éstas e ideados en función de sus habilidades y nivel de instrucción, a un nuevo destino y a unos propósitos no equivalentes. Supone, asimismo, la extensión de un entorno simbólico que recibe su coherencia del exterior y la imposición de formas especÃficas de organizar la sociedad y la economÃa (no olvidemos que lenguajes y sistemas cognitivos diferentes implican estructuras sociales y organizativas distintas). Aunque las tecnologÃas esportadas, sujetas a las exigencias productivistas, a menudo fracasan desde un punto de vista meramente técnico, no podemos dejar de repetir que instauran modos de acción y percepción inéditos, nuevas expectativas y nuevas formas de ética; aumentan el control social, a la par que debilitan los derechos inmanentes de la cultura originaria.
En la literatura del desarrollo abundan los ejemplos que corroborarÃan lo antedicho. Paquetes tecnológicos dirigidos a aumentar los rendimientos agrÃcolas, constituidos por semillas mejoradas, herbicidas, pesticidas y abonos quÃmicos no sólo encarecen la producción y crean dependencias, sino que también imponen un determinado tipo de agricultura que sustituye a la tradicional y modifican formas de vida ancestrales. En otro sentido, Velasco (1999: 207-208), en un estudio etnográfico en el que analiza las consecuencias de la irrupción de la moderna industria de la seda en comunidades enclavadas en el Estado de Oaxaca (México), tiende a sustituir a las antiguas manufacturas, advierte que lo que para el ingeniero son ventajas se convierten en serios inconvenientes para los destinatarios, al resultar contraproducentes para su organización doméstica -se exige mayor dedicación- y no encajar con las expectativas económicas y culturales:
"Para lograr [los] objetivos, se les exige a las sericulturas abandonar las técnicas tradicionales de crianza e hilado e incorporar a su actividad nuevos métodos y la nueva maquinaria propuesta. Sin embargo, [no se ha] brindado la capacitación correspondiente que se requiere para el manejo de las máquinas (por más tradicionales que sean, no son las heredadas por siglos), ha habido seguimiento del proyecto, ni se ha incorporado la organización local de las sericultoras en los proyectos de desarrollo(...); en resumen nos encontramos en lo que Kottak (1985) llama infradiseño social para la innovación(...). [Además] todos los cambios han sido propuestos al mismo tiempo, saturando la capacidad de respuesta y la propia valoración que las sericultoras podrÃan hacer de los mismos a corto plazo".
Incluso las llamadas "tecnologÃas apropiadas", que debieran ser operadas y controladas por la comunidad a la que sirven, pueden caer en semejantes contradicciones. R.Dumont (1986: 150) cita el caso de la introducción, a iniciativa de los responsables de un proyecto de desarrollo, de unas prensas -confeccionadas por los propios herreros locales- para tratar los frutos de una palmera de aceite que abunda en la Casamance (Senegal) que permiten aumentar el rendimiento en un 40% y resguardan de las quemaduras producidas por la pulpa caliente, que han dejado a las mujeres de una actividad que antes les estaba exclusivamente reservada por no contar con la fuerza suficiente para accionar una palanca del artefacto.
El modelo tecnológico occidental amenaza las misma posibilidades de subsistencia autónoma (para ello es preciso "saber hacer" y "estar en condiciones de elegir"), sin proporcionar en contrapartida beneficios materiales evidentes. En efecto, la transferencia tecnológica no sólo uniformiza traspasando modelos socioculturales; al mismo tiempo, genera oposiciones constitutivas en forma de crecimientos dispares, desequilibrios y procesos de fragmentación y desintegración, consolidando una distribución desigual de la pobreza a nivel geográfico.
En tal sentido, coincidirÃamos con Marcuse (1954) cuando asevera que la dominación se perpetua y se extiende no sólo a través de la tecnologÃa, sino como tecnologÃa: Más allá del uso y de las aplicaciones especÃficas para las que es concebida, ésta serÃa en sà misma dominación (del hombre y de la naturaleza). En esta lÃnea, basta observar que aunque, en el mejor de los casos, los usuarios añadan sus propias interpretaciones, transformen o reemplacen los elementos, no se permite que el resultado final, asà como las circunstancias en que la técnica es empleada, sufran una desviación respecto a lo previsto en el diseño que se escape de unos lÃmites tolerables(12): el guión, en último extremo, pasará a ser la base interpretativa y referencia obligada que regule la interacción entre el objeto técnico y el usuario.
CONCLUSIONES
Las polÃticas de desarrollo; incluso las campañas de ayuda al Tecer Mundo aparentemente más altruistas, no consiguen esconder un sentido de superioridad y de autoridad sobre éste para reestructurarlo de acuerdo con lo que entendemos que debe ser. Definiendo el subdesarrollo como si se tratara de una patologÃa (esto es, un estado biológico), se le busca una solución que en buena medida cree hallarse en la transferencia de tecnologÃas.
La modernidad tecnocientÃfica esportada al Tercer Mundo no es el resultado de un proceso histórico enraizado en el ámbito sociocultural del destinatario, sino acaso -y permÃtase la licencia- el producto de un experimento de ingenierÃa social, que se manifiesta en la transformación de las sociedades tradicionales según los imperativos de racionalidad tecnocientÃfica elaborada por Occidente y en la imposición de nuestro modelo cultural como consecuencia de una situación de hegemonÃa en el escenario mundial.
Entendemos que para superar la fosa que separa al receptor del diseñador y del divulgador, que discrimina entre el mundo descrito y el mundo inscrito, entre un componente internalista (lo puramente cientÃfico) y otro externalista (lo que no es puramente cientÃfico), se deberÃa proceder a deconstruir previamente aquellas construcciones del discurso tecnocientÃfico que crean tales divisiones y, por consiguiente, a deslegitimar la competencia de los expertos y, paralelamente, a legitimar las actuaciones del receptor, capaz de dibujar alternativas recorriendo otros caminos. Como describe Bijker (1990:10), este trabajo de deconstrucción puede emplearse efectivamente para sugerir la posibilidad de elecciones alternativas que escapen de los sistemas sociotécnicos construidos desde una posición de poder y, al mismo tiempo, remodelen polÃticamente estos mismos dominios sociotécnicos.
Ciencia, tecnologÃa, naturaleza y sociedad no son compartimentos estancos, sino que conforman una trama sociotécnica compleja en la que todos los elementos se interrelacionan. En consecuencia, debemos aceptar que la evaluación de una tecnologÃa no puede quedar recluida a un debate técnico sobre cuestiones técnicas ni sustraerse de un juicio polÃtico y social. En última instancia, tomar partido a favor de un determinado tipo de desarrollo sociotécnico supone siempre una elección de valores.
Notas
1.- L. Dumont (1977) señala que la emergencia de lo económico va pareja al surgimiento de la idea moderna de individuo: el hombre puede establecer sus relaciones de dominación sin la intermediación -jerárquica- de la organización social, quedando disueltos los vÃnculos de subordinación que le sujetaban. El homo oeconomicus aparece asà de la mano del homo aequalis.
2.- Las concepciones institucionales, conformadas con las ideas y expectativas de Occidente sobre lo que es desarrollo y progreso, no sólo poseen mecanismos normalizadores tangibles (por ejemplo, los que se relacionan con la adopción de paquetes tecnológicos estandarizados, que se considerar adecuados en tanto que su valor ya ha sido probado con éxito en Occidente, pero que de hecho no responden a requerimientos sociales universales, sino especÃficos -y la prueba está en que muchas veces han fracasado fuera de su contexto originario), sino también otros de carácter más intangible -eficaces en cuanto a que poseen un elemento, que es el poder, que se asienta sobre componentes humanos-, que se derivan de los primeros, que imponen rutinas, modos de trabajar, formas de organización (planes de producción, registros contables...), es decir, prácticas sociales muy distintas a las tradicionales. A tÃtulo de ejemplo, cabe reseñar que MartÃnez Novo (1999: 135), en la descripción etnográfica que realiza de un programa de desarrollo dirigido a una comunidad mixteca, muestra que "la forma que toman las interacciones cotidianas entre agentes y sujetos del desarrollo contribuye a reproducir una cultura polÃtica autoritaria y las diferencias étnicas y de clase. El programa no educa a los indÃgenas para ser independientes, pero sà trata de adiestrarlos para que sean obedientes y se familiaricen con los conceptos de disciplina, el tiempo y el trabajo urbano e industrial". Cabe recordar, en este sentido que E.P. Thompson (1991) ya señaló que la transición a la sociedad industrial madura implicó también, en la Inglaterra del siglo XIX, una reestructuración cultural profunda que comprendió los hábitos de trabajo y el concepto del tiempo (estructurado hasta aquel momento por fenómenos naturales como las estaciones o el dÃa y la noche).
3.- La eficiencia, sin embargo, más allá de ser algo tangible relacionado intrÃnsecamente con el progreso técnico, es un valor social cuya supuesta verdad se genera socialmente (cuando una cosa es válida a nivel social empieza a ser verdadera). Una prueba de que no guardan relación se hallarÃa en el hecho de que, en Paraguay, las tierras cultivadas por la población de religión menonita producen mayores rendimientos que las del resto a pesar de que, con el deseo de mantener la tradición, rechazan ciertas innovaciones técnicas.
4.- Marcuse (1954) utiliza el epÃteto unidimensional para caracterizar al hombre moderno dominado por los imperativos de la tecnologÃa. Pero a pesar de que Marcuse indica que los factores tecnocientÃficos intervienen redefiniendo las relaciones sociales, en cambio no explica cómo las relaciones sociales intervienen en la definición de la tecnologÃa.
5.- Desde la economÃa polÃtica, tanto las teorÃas neoclásicas como determinadas interpretaciones marxistas mecanicistas que inciden en el papel destacado del progreso de las fuerzas productivas como motor de cambio social se inscribirÃan en esta concepción idealista de la historia de la técnica.
6.- Kuhn (1962) ya demostró que el desarrollo tecnocientÃfico no es genuinamente acumulativo, sino que en la evolución unos conocimientos reemplazan a otros que resultan incompatibles: el cambio supone la sustitución de paradigmas.
7.- Habermas -a diferencia de Marcuse- opina que la tecnociencia no debe ser cuestionada por su inclinación ideológica, sino por la extensión de su lógica a la esfera de la interacción simbólica. Para él, la dominación se presentarÃa en el ámbito de la acción comunicativa y, en concreto, en su distorsión (la idea de dominación resulta equivalente a comunicación distorsionada). En consecuencia, para Habermas, no se tratarÃa de abjurar de la razón instrumental, sino de insertarla en un concepto más comprensivo de razón comunicativa: esto es, dialógica. Dicha razón comunicativa se fundamentarÃa en el consenso.
8.- La dicotomÃa planteada subyace en la lógica aristotélica que distingue entre lo activo y lo pasivo, entre materia y forma, entre recurso y producto, entre hombre, animal y naturaleza, entre social y natural.
9.- Las relaciones entre estos dos tipos de conocimientos no son simétricas. Mientras que los conocimientos locales lo son in situ, operados por los propios productores y actores sociales (difundiéndose en cadena y replicándose en las generaciones sucesivas), en cambio los saberes tecnocientÃficos -con pretensiones universalistas- son difundidos desde el exterior por unos agentes, que a su vez serán los encargados de manejarlos, y no admiten retroacción.
10.- La relación que se establece entre los "conocimientos técnicos locales" y los conocimientos tecnocientÃficos no deben interpretarse en términos de oposición entre una "racionalidad tradicional" (cuando no "irracionalidad") y otra "racionalidad moderna tecnocientÃfica". Tanto en las sociedades modernas como en las consideradas atrasadas cohabitan los conocimientos empÃricos con otros de carácter social o incluso mágico. La diferencia está, sin embargo, en que mientras que los conocimientos tecnocientÃficos, como tales, no incorporan en su cuerpo teórico -al menos explÃcitamente- saberes mágico-religiosos (incluso, sobre el papel, la "verdad tecnocientÃfica" se construirÃa inequÃvocamente en oposición a la "verdad mágico-religiosa" aun cuando susciten actitudes de orden semejante: En ambos casos producen una "verdad" e implican la necesidad de "creer"), en cambio conocimientos técnicos populares, con toda legitimidad, pueden entrelazarse y combinarse perfectamente son saberes mágico-religiosos en unas prácticas en las que no resulta posible discernir o disociar ambos aspectos.
11.- Hobart (1993) interpreta el desarrollo como una lucha de epistemologÃas.
12.- La presencia y circulación de las tecnologÃas transferidas no puede explicarse -como expone Akrich (1992)- aisladamente sin la presencia de los usuarios que, pese a la dificultad de evadir las prescripciones que imponen, intentan adaptarlas a sus intereses sometiéndolas a una deriva.
Re: TecnologÃa y lucha de clases
Willful Disobedience
El desarrollo de la tecnologÃa en los últimos sesenta años - la industria nuclear, la cibernética y las técnicas de información relacionadas, la biotecnologÃa y la ingenierÃa genética - ha producido cambios fundamentales en el terreno social. Los métodos de explotación y dominación han cambiado, y por esta razón las viejas ideas sobre la naturaleza de la clasey de la lucha de clases no son adecuadas para comprender la presente situación. El obrerismo de los marxistas y sindicalistas ya no puede ser imaginado como algo útil en el desarrollo de una práctica revolucionaria.Pero rechazar el concepto de clase no es tampoco una respuesta útila esta situación, porque al hacerlo un@ pierde una herramienta esencialpara la comprensión de la presente realidad y de cómo atacarla.
La explotación no sólo continúa, sino que se ha intensificado nÃtidamente después de la nueva tecnologÃa. La Cibernética ha permitido la descentralización de la producción, extendiendo pequeñas unidades de producción a lo largo del terreno social. La automación ha reducido drásticamente el número de trabajador@s de producción necesari@s para un proceso de manufacturación particular. La cibernética además crea métodos parahacer dinero sin producir nada real, por tanto permitiendo al capital expandirse sin el coste del trabajo.
Además, las nuevas tecnologÃas requieren un conocimiento especializado que no está al alcance de la mayorÃa de la gente. Este conocimiento ha llegado a ser la verdadera riqueza de la clase dominante en la presente era. Bajo el viejo sistema industrial, uno podÃa ver la lucha de clases como la lucha entre l@s trabajador@s y l@s propietari@s por los medios de producción. Esto ya no tiene sentido. A medida que la nueva tecnologÃa avanza, l@s explotad@s se encuentran empujados a unas posiciones cada vez más precarias. El viejo puesto cualificado en la fábrica de toda la vida ha sido reemplazado por trabajo por dÃa, trabajos del sector servicio, trabajo temporal, desempleo, el mercado negro, ilegalidad, vagabundeo y prisión. Esta precariedad garantiza que el muro creado por la nueva tecnologÃa entre l@s explotador@s y l@s explotad@s permanezca sin una brecha.
Pero la naturaleza de la tecnologÃa misma la sitúa fuera del alcance de l@s explotad@s. El más temprano desarrollo industrial tenÃa sus esfuerzos centrados en la invención de técnicas para la manufacturación masiva de bienes estandarizados a bajo costo para unalto beneficio. Estos nuevos desarrollos tecnológicos no están tan dirigidos a la manufacturación de bienes como al desarrollo de medios para el control social cada vez mas a fondo y de forma más generalizada,y para sacar beneficios de la producción. La industria nuclear no solorequiere conocimiento especializado, sino también altos nivelesde seguridad que sitúan su desarrollo directamente bajo el controldel estado y da lugar a una estructura militar en su mantenimiento, con suextrema utilidad para el ejército. La capacidad tecnológica de la Cibernética para procesar, grabar, reunir y enviar la información casi al instante sirve a las necesidades del estado de documentar y observar a sus súbditos además de su necesidad de reducir el conocimiento real de aquell@s a l@s que gobierna a bits de information-data-hoping , por tanto, de reducir el potencial real de entendimiento de l@s explotad@s. La BiotecnologÃa proporciona al Estado el control capital sobre los más fundamentales procesos de la vida misma - permitiéndoles decidir que tipo de plantas, animales y -con el tiempo - incluso seres humanos pueden existir.
Debido a que estas tecnologÃas requieren un conocimiento especializado, y se han desarrollado con el propósito de incrementar el control de l@s am@s sobre el resto de la humanidad en nuestras vidas diarias, la clase explotada puede ahora ser mejor comprendida como aquell@s excluid@s de este conocimiento especializado y asà de la participación real en el funcionamiento del poder. La clase dominante está, por lo tanto, constituida por aquell@s que participan en el funcionamiento del poder y eluso real del conocimiento tecnológico especializado. Por supuesto éstosson procesos en curso, y los lÃmites entre l@s incluid@sy l@s excluid@s pueden, en algunos casos, ser escurridizos mientras un creciente númerode personas se ha proletarizado - perdiendo la capacidad que pudieran habertenido de decisión sobre sus propias condicionesde existencia.
Es importante señalar que aunque esas nuevas tecnologÃas están pensadas para dar a l@s am@s el control sobre l@s excluid@s y sobre la riqueza material de la Tierra, ellas mismas están más allá de cualquier control de los seres humanos. Su inmensidad y la especialización que requieren se combinan con la imprevisibilidad de los materiales con que están constituidos -partÃculas atómicas y sub-atómicas, ondas de luz, genes y cromosomas, etc.- para garantizar que ningún ser humano por si solo pueda entender completamente como funcionan. Estoañade un aspecto tecnológico a la ya existente precariedad económica que la mayorÃa de nosotr@s sufrimos. Sin embargo, esta amenaza del desastre tecnológico más allá del control de cualquiera también sirve al poder para controlar a l@s explotad@s- el temor a más Chernobils, monstruos diseñados genéticamente o escapesde enfermedades fabricadas en laboratorios, etc., mueve a la gente a aceptarel mandato de l@s llamad@s expert@s, quienes han demostradosus propioslimites una y otra vez. Además, el Estado -que es responsablede cadauno de esos desarrollos tecnológicos por medio de su aparato militar -puedepresentarse a sà mismo como un seguro contra el desenfrenado·abuso· corporativo de esta tecnologÃa. Asà estemonstruoso, pesado, e incontrolable juggernaut sirve muy bien a l@s explotador@s en mantener su control sobre el resto de la población.¿Y que necesidadtienen ell@s de preocuparse sobre los posibles desastres,cuando su riquezay poder les ha provisto con toda certeza de planes de emergenciapara su propia protección?.
Asà pues, la nueva tecnologÃa y las nuevas condiciones de exclusión y precariedad que impone a l@s explotad@s debilita el viejo sueño dela expropiación de los medios de producción. Esta tecnologÃa -controladora y fuera de control- no puede servir a ningún propósito realmente humano y no tiene lugar en el desarrollo de un mundo de individuos libres para crear sus vidas como deseen. Asà que las utopÃas ilusorias de l@s sindicalistas y marxistas no nos son útiles ahora. ¿Pero lo fueron alguna vez? Los nuevos desarrollos tecnológicos se centran especÃficamente hacia el control, pero todo el desarrollo industrial ha tenido en cuenta la necesidad de controlar a l@s explotad@s. La fábrica fue creada con el fin de poner a l@s productor@s bajo un techo para regular mejor sus actividades; la lÃnea de producción mecanizó esta regulación; cada nuevo avance tecnológico en el funcionamiento de la fábrica puso el tiempo y los movimientos del trabajador aún más bajo control. Por tanto, la idea deque l@s trabajador@s podrÃan liberarse a si mism@s tomando los mediosde producción ha sido siempre un espejismo. Era un espejismo comprensible cuando los procesos tecnológicos tenÃan la manufactura de bienes como su objetivo primario. Ahora que su objetivo principal es tan claramente el control social, la naturaleza de nuestra lucha real deberÃa estar clara: la destrucción de todos los sistemas de control - por tanto del Estado, el capital y su sistema tecnológico, el fin de nuestra condición proletarizada y la creación de nosotr@s mism@s como individuos libres capaces de determinar como viviremos. Contra esta tecnologÃa nuestra mejor arma es la que l@s explotad@s han usado desde el principiode la era industrial: el sabotaje.
Este texto fue publicado en castellano en Ecotopia nº2
Re: La evolución de las ciudades bajo el dominio de las finanzas
Miquel Amorós
Todas las grandes ciudades europeas experimentan un crecimiento en mancha de aceite, derramándose en los municipios vecinos, mientras que sus centros se descomponen y vacÃan. Adoptan la forma de “donutâ€?. La ciudad histórica se desteje socialmente, degradándose y encareciéndose a la vez. Las fábricas y talleres se trasladan a las áreas más alejadas de sus coronas metropolitanas y aún más allá, al tiempo que la población desfavorecida, principalmente jóvenes obreros y viejos jubilados, se ve forzada a instalarse en ghettos exteriores. El territorio urbano adquiere por todos lados la apariencia de un mosaico de parcelas yuxtapuestas de naves y almacenes, centros comerciales, adosados y bloques de vivienda barata, formando conjuntos inviables conectados por autopistas radiales y vÃas de circunvalación. La diseminación de los lugares de trabajo y habitación dispersa la población e incrementa la movilidad, y con ésta el derroche de suelo y energÃa, la demanda de infraestructuras viarias y la venta de automóviles. La organización del espacio sufre un cambio radical por el uso extensivo del territorio, fruto del paso a una economÃa productora de bienes industriales a una economÃa productora de servicios. Lo que en términos laborales significa el paso del trabajo estable y el salario pactado al trabajo precario y mal pagado.
Vivimos bajo el imperio del capital financiero, lo que significa que todas las actividades han de someterse a las urgencias de las finanzas internacionales. En estas nuevas coordenadas de la economÃa, es cuestión de que los productos industriales salgan cada vez más baratos para que se puedan pagar los servicios. Los bajos precios industriales financian las actividades terciarias, como antes los alimentos baratos financiaban la producción industrial. La industria no es rentable sin los salarios depreciados de una mano de obra tercermundista; lo verdaderamente productivo ahora son los servicios y sus actividades asociadas, a saber, el software, el turismo y el negocio inmobiliario. Toda la actividad económica se orienta en esa dirección, con la colaboración involuntaria de los trabajadores: el ahorro originado en las rentas del trabajo es una fuente primordial de financiación. Los dirigentes de las grandes ciudades no las presentan ya como eficientes centros productores, sino como nudos bien comunicados de redes mundiales, con una gran oferta de espacio, ocio y servicios, sobre todo financieros. Eso hace que las grandes ciudades se transformen en parques temáticos y bazares masivos salpicados de oficinas. Es verdaderamente paradigmático que los solares de la Unión Naval de Levante se hayan reservado para un World Trade Center valenciano. Sucede que las regiones metropolitanas ya no son grandes mercados de trabajo sino grandes mercados de capitales. Por lo tanto, a quien tienen que atraer, y en el caso, subvencionar, es al capital, no al trabajo. La administración metropolitana no trata pues de adaptar el territorio urbano a las necesidades de una supuesta ciudadanÃa popular, en gran parte obrera, sino de servirse de él para fomentar un clima de negocios. La economÃa “socialâ€?, destinada a paliarlos efectos del empobrecimiento, es simplemente una rama prometedora de los negocios. Las ayudas a la población arruinada, los equipamientos sociales y las zonas verdes irán para adelante si son negocios y sólo como negocios.
El proceso actual de transformación de la actividad económica, polÃtica y jurÃdica, llamado globalización se halla en su fase inicial, caracterizada por la deslocalización industrial y la especulación inmobiliaria. La primera es responsable de la flexibilización o ampliación de la jornada laboral y de la bajada de salarios, presentes en cada vez más convenios. Pero la domesticación de los obreros es ahora algo secundario porque éstos no son importantes en el proceso productivo. La segunda --la especulación-- es el verdadero motor de la economÃa y de los mecanismos financieros en particular. PodrÃamos decir sin temor a equivocarnos, que también lo es de la polÃtica. Tanto los dirigentes polÃticos como los financieros toman conciencia del papel del suelo escaso en un territorio colmatado y toman posiciones en el mercado inmobiliario. Tanto la administración como los bancos engordan con operaciones especulativas, bien estén relacionadas con obras públicas, bien con promociones privadas, ordenadas jurÃdicamente por una nueva ley del suelo de 1992. Sin embargo, la globalización --y por consiguiente, la conexión de la red internacional de ciudades-- no puede seguir avanzando sin una circulación ultrarrápida y barata de mercancÃas y personas (o sea, de mercancÃas), y para ello son condiciones sine qua non, grandes infraestructuras por un lado, y por el otro, energÃa y combustibles baratos. Un problema que se puede solucionar con una combinación adecuada de geopolÃtica, dinero, propaganda antiterrorista y guerras locales.
La marca registrada “Valenciaâ€?, aplicable al territorio comprendido entre Almusafes y Sagunto, produce manifestaciones de un urbanismo desenfrenado en todo semejantes al de Barcelona y otras ciudades. La clase dominante es hiperactiva cuando se trata de dinero e intenta por todos los medios liberar terreno urbanizable, es decir, introducirlo en el mercado. El primer efecto ha sido la casi total desaparición de la Huerta de Valencia, de sus caminos y acequias, de sus marjales y azudes, de sus molinos y de sus comunidades de regantes. El mejor jardÃn que jamás cobijó a una ciudad, su mayor seña de identidad, se ha desvanecido en solamente una generación. La nueva clase dirigente halla su genuina marca en el desarraigo. El poder económico y polÃtico actual exige la desaparición completa de la economÃa agrÃcola valenciana, antaño fundamental en la formación de la burguesÃa local, y la terciarización absoluta. En la dirección de la ciudad, los terratenientes y exportadores han sido desplazados por una burocracia móvil del cemento y del asfalto. Dicha burocracia se asienta en la circulación, y por tanto necesita infraestructuras como el AVE (aplazado para después del 2010), la ampliación del metro, la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez, los bulevares del tercer cinturón y la ampliación del puerto, sin olvidar el megaproyecto de Zaplana “Ruta Azulâ€?, que, aunque aparcado, es el verdadero programa del urbanismo “concertadoâ€? entre promotores, constructores, inversores y polÃticos, en versión levantina. El traslado del aeropuerto de Manises, o la urbanización de la costa comprendida entre Sagunto y Cullera, son retales que difÃcilmente van a ser olvidados por los especuladores. La Copa América juega en Valencia el papel que desempeña el Fórum de las Culturas en Barcelona. Remodelaciones urbanÃsticas feroces y demostraciones de un dinamismo polÃticoempresarial destinadas a lograr la domiciliación de grandes empresas y agencias estatales. Con esos eventos se obtienen caudales para la reconversión del territorio que de otro modo no se obtendrÃan. Asà puede proseguir el genocidio cultural de barrios como El Cabanyal, Velluters, El Carmen, Campanar o la Punta, la museificación de la Ciutat Vella --“Valencia, museo al aire libreâ€? reza un eslógan publicitario-- y demás proyectos “generadores de oferta turÃsticaâ€? como la ciudad de las Artes y las Ciencias, que, como su nombre no indica, está destinada enteramente a los visitantes, o el Balcón del Mar, que también será un “contenedor de ocioâ€?, como el Parque de Cabecera (con su gran estacionamiento, su zoológico y su parque de atracciones) y el parque Central, con su futura estación “intermodalâ€?. Los nuevos bárbaros quieren una salida automovilÃstica al mar, tratar sus enfermedades en una nueva “ciudadâ€? sanitaria, litigar en una “Ciudad de la Justiciaâ€? y divertirse en un “Heron Cityâ€?. Nótese que el márketing tecnócrata empieza a designar como ciudad lo que no es más que un amontonamiento gigante de actividades relacionadas, adoptando el aspecto higiénico multijaula tÃpico de los shoping malls.
La ideologÃa de la moderna clase dominante se manifiesta en los edificios y, de modo general, en su manera de adueñarse del espacio. Sus monumentos encarnan sus valores y su contemplación nos sugiere jerarquÃa, artificialidad, fetichismo tecnológico, culto al poder, velocidad, soledad, control, incomunicación, condicionamiento, consumismo. Los más caracterÃsticos son los centros comerciales de las afueras. Todos tienen algo de cárcel, lo que resulta paradójico ahora, cuando la moderna arquitectura carcelaria quiere suprimir las torres de vigilancia, cosa que dará a las cárceles la apariencia exterior de hipermercados. En resumen, la moderna clase dominante es autoritaria y fascista y sus construcciones son las de una sociedad de masas amorfas, es decir, que favorecen condiciones fascistas. La clase dominante construye para sà misma; a los habitantes no les cabe otro recurso que el de aprender a habitar su arquitectura. Acostumbrarse a vivir dentro de artefactos semejantes en aglomeraciones semejantes. A la postre todo el territorio se estructura como un único sistema urbano y todos los lugares acaban pareciéndose. El hábitat es la traducción espacial de la desposesión. Los individuos proletarizados viven en un entorno constantemente modificado por los vaivenes del capital. A menudo son desplazados de sus barrios por planes de renovación urbana hechos por enemigos de clase y arrojados de sus viviendas y de sus calles si es preciso mediante el acoso o la expropiación. Todos los circuitos sociales ajenos al capital han de ser destruidos. Con la movilidad exacerbada impuesta a toda la población se duplican los efectos de la deportación: la desaparición de la vida social del barrio, la aniquilación de la cultura de la calle, los últimos reductos de la conciencia de clase. La proletarización se completa con la motorización: el proletario automovilista jamás pone en duda el principio de la movilidad, sólo pide la supresión de los peajes.
Allá donde el proceso de reconversión urbana corre demasiado y tropieza con resistencias, tienen lugar luchas urbanas. Si son recuperadas por las asociaciones de vecinos serán desvirtuadas, aseptizadas y anuladas. La pacificación de conflictos urbanos no es una vocación reaccionaria de los militantes vecinales sino una actividad remunerada: las asociaciones son subvencionadas para eso. Son centros de activismo cÃvico no contestatario que desempeñan una función animadora más que reivindicativa, y que no aspiran más que a formar parte del engranaje de decisiones administrativo. Si logran escapar a la recuperación de los mediadores, las luchas urbanas han de exigir como mÃnimo la presencia y el derecho a veto de los habitantes en todas las instancias cuyas decisiones les afecten. Pero éstos y sus representantes han de tener presente que se trata de luchas por el control del espacio social, por un uso social del espacio, uso solamente posible cuando los habitantes realmente se apoderen del espacio en el que viven. Sólo cuando el espacio urbano esté fuera de las trabas del capital será de nuevo productor de relaciones solidarias y de cohesión social en forma de asambleas y organismos diversos. Por lo tanto, la negociación, que es un momento de la lucha, ha de emprenderse en la perspectiva de la autogestión del espacio, pero ésta no puede existir sino a través de estructuras necesarias de formación de la opinión y la decisión. Estas no son otras que la movilización y las asambleas. Los luchadores no sean capaces de movilizar a la mayorÃa de los afectados nunca poseerán representatividad suficiente. Las luchas que no descansen en las asambleas masivas serán siempre recuperadas.
Cuando hablamos de la autogestión del espacio, de la autoconstrucción si cabe, planteamos una delicada cuestión: la expropiación social del espacio. Las luchas urbanas han de arrebatar el territorio al poder urbanista, a los urbanistas del poder. Han de liberarlo del mercado, no para el mercado. Por consiguiente, han de resolverse mediante ocupaciones. En las ciudades sometidas al poder de las finanzas autónomas, la urbs (el asentamiento) está separada de la civitas (la comunidad de intereses), el territorio y la cultura ciudadana van por rutas diferentes, la elite se ha liberado del espacio y la población sobrevive ajena al territorio que la acoge. El reencuentro de la colectividad y el espacio mediante la ocupación de masas y la supresión de la movilidad frenética, son la base esencial de la autogestión territorial generalizada, la forma espacial de la emancipación.
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Charla en la librerÃa Sahiri de Valencia y en el Ateneo Cultural “El Panicalâ€? de Alcoy, 24 y 25 de septiembre de 2004.