[25.09.06]Nuevos CIIEs en Santa Cruz y en Lanzarote
[19.09.06] LLega a Senegal un quinto vuelo con 60 inmigrantes procedentes de Canarias
[18.09.06] Fallece bajo custodia policial uno de los inmigrantes que llegó el sábado a Tenerife
[16.09.06] Interior repatrÃa ayer a Senegal otras 180 personas y traslada 159 a Madrid y Málaga.
[15.09.06]: Ayer tarde tuvo lugar el primer vuelo de deportaciones, 60 migrantes con 60 policÃas españoles, a San Luis, (norte de Senegal). Las compañÃas aéreas implicadas son Air Europa y Swift Air.
[14.09.06]: La prensa digital internacional informa que las deportaciones previstas anoche se han suspendido por falta de acuerdo con el gobierno senegalés.
Última hora [14.09.06]: Según la prensa oficial, anoche fueron deportados a Senegal 200 migrantes con fuerte apoyo policial. Los gobiernos de España y Senegal pretenden hacer las deportaciones con el mayor secreto posible (¿clandestinamente?) para evitar protestas en Senegal que puedan perjudicar al gobierno africano dada la proximidad de las elecciones...
[13.09.06]: El Ministerio del Interior anuncia que pondrá en marcha esta noche la repatriación de cientos de senegaleses.
Desde principios de 2006 han llegado a Canarias más de 20.000 migrantes (21.500 hasta el 4 de septiembre según fuentes oficiales), en su mayorÃa embarcados en cayucos, procedentes de las costas del Ã?frica continental, primero desde Mauritania y a continuación desde Senegal. Las cifras oficiales hablan de cerca de 500 muertos en el intento, mientras que otras fuentes sitúan el número de muertos entre los 2.000 y 3.000.
Según el ministro Rubalcaba, el número de migrantes internados en CIEs en el estado es de 11.000. Diferentes fuentes citan 10.000 en Canarias, - siendo la capacidad de los CIEs de esta comunidad de 5.000 plazas. La situación en los centros de internamiento es calificada por los propios sindicatos de policÃa como "desoladora, insoportable e insostenible". (Se trata de los centros de Hoya FrÃa y Las RaÃces en Tenerife, Barranco Seco y La Isleta - un campamento militar - en Gran Canaria y el Matorral en Fuerteventura. Fuentes locales han comunicado a Indymedia Estrecho que en el sótano de la comisarÃa de Tenerife se hacinan mil personas que difÃcilmente pueden llegar a tenderse para dormir (continúa en "leer más" / "read full article").
Enlaces relacionados:
El dÃa a dia enlos CIEs Canarios | Basura y ratas en el centro de retención de La Isleta | Colapso en los centros ilegales de internamiento de extranjerxs | Llegada repratiados a Saint Louis | Relato de Ibrahim, joven senegalés en Dakar
VÃdeo de la mani contra el racismo en Tenerife 11.09.06 | Cifras de inmigrantes llegados en pateras a Canarias lo que va de 2005 | Diez mil inmigrantes desbordan las cinco mil plazas de los centros canarios | Los motines se multiplican en los centros de acogida de las islas | Cinco policÃas y varios inmigrantes heridos en una revuelta en un centro de internamiento canario | CENTENARES DE INMIGRANTES HACEN COLA PARA COMER: Centro de internamiento de La RaÃces, Tenerife
En los últimos dÃas agentes senegaleses están interrogando a los migrantes detenidos, siempre según las fuentes oficiales, utilizando todo tipo de añagazas para identificar a los senegaleses y proceder a su repatriación, tras el acuerdo cerrado con el gobierno africano por el Ministerio de Exteriores de España - acuerdo que, según El PaÃs, incluye el pago de 8 millones de euros. Es en estas circunstancias en las que se vienen produciendo los amotinamientos. Los motines se produjeron en La Isleta, donde los migrantes improvisaron pancartas con cartones (el martes) y en Fuerteventura, donde los migrantes se negaron a ser interrogados y acudió la policÃa antidisturbios. Según las entrevistas realizadas por la Cruz Roja, el 71% de los detenidos procede de Senegal, el 19% de MalÃ, siendo el resto de Gambia, Mauritania, R.D. del Congo, Guinea Bissau, Costa de Marfil y Nigeria.
Según reseña la prensa de hoy (ABC), los migrantes han comenzado a ser trasladados hacia Fuerteventura, donde podrÃan centralizarse las deportaciones a Ã?frica, que se prevén que se realicen en los próximos dÃas; aunque el cónsul de Senegal en Canarias, Alberto Van Bockel, comentó que lo único seguro es que se harán «en silencio». Asà se evitarÃan conflictos en el paÃs africano, donde ya hubo movilizaciones hace meses tras la llegada de un vuelo.
Desde el el 2003, con la puesta en marcha del programa europeo de lucha contra la inmigración clandestina , la polÃtica de militarización y externalización de la frontera no ha dejado de producir efectos mortales sobre la vida de los migrantes. La creación de la agencia Frontex en 2004 (http://es.wikipedia.org/wiki/Frontex) para la coordinación de las medidas de control en las fronteras exteriores fue el siguiente paso. La presión ejercida por la UE sobre los paÃses africanos , como fue el caso de la gestión militar para el desalojo de los campamentos auto-organizados cercanos a Ceuta y Melilla hace justo 1 año (http://estrecho.indymedia.org/newswire/display_any/6730 con las consiguientes muertes en las vallas y en las deportaciones al desierto (http://estrecho.indymedia.org/newswire/display_any/15825) provocaron que las rutas migratorias buscaran nuevas caminos, más peligrosos y largos, llegando hasta canarias. Del mismo modo, en Marruecos, continúan las redadas y la represión contra aquellos que luchan por sus derechos como refugiados (http://estrecho.indymedia.org/feature/display/28212/index.php). En este año 2006 , de nuevo regresamos al modelo de externalización de la militarización fronteriza: los programas firmados entre España y Mauritania para el control de las costas mauritanas , mediante el uso de patrullas mixtas (http://www.acnur.org/index.php?id_pag=5425) y la negociación prioritaria en la firma de acuerdos de readmisión con 9 nuevos paÃses (Senegal, Gambia, Cabo Verde, Guinea y Niger) para agilizar las deportaciones son los siguientes medidas en esta guerra no declarada contra los migrantes.
Ante esta situación, Indymedia Estrecho se solidariza con los compañeros migrantes africanos y reconoce con admiración su autonomÃa y coraje para atravesar libremente las fronteras del desorden global y la exclusión.
¡Cerremos todos los centros de internamiento! ¡Justicia global! ¡Libertad de movimiento y derechos sociales para tod@s!
worcester
western mass
vermont
urbana-champaign
tennessee
tampa bay
seattle
sarasota
santa cruz, ca
santa barbara
san francisco bay area
san francisco
san diego
saint louis
rogue valley
rochester
richmond
portland
pittsburgh
philadelphia
omaha
oklahoma
nyc
north texas
north carolina
new orleans
new mexico
new jersey
new hampshire
minneapolis/st. paul
milwaukee
michigan
miami
maine
madison
la
kansas city
hudson mohawk
houston
hawaii
dc
columbus
colorado
cleveland
chicago
charlottesville
buffalo
boston
binghamton
big muddy
baltimore
austin
atlanta
asheville
arkansas
arizona
valencia
united kingdom
ukraine
toulouse
toscana
torun
thessaloniki
switzerland
sverige
scotland
saint-petersburg
russia
romania
roma
portugal
poland
piemonte
paris/ÃŽle-de-france
oost-vlaanderen
norway
nice
netherlands
napoli
nantes
marseille
malta
madrid
lombardia
lille
liege
la plana
italy
istanbul
ireland
imc patras
hungary
grenoble
germany
galiza
euskal herria
estrecho / madiaq
emilia-romagna
cyprus
croatia
calabria
bulgaria
bristol
belgrade
belgium
belarus
barcelona
austria
athens
armenia
antwerpen
andorra
alacant
Comments
Re: De los movimientos sociales a los “profesionales de lo social�
Las fuertes reestructuraciones sociales que se produjeron a lo largo de los años franquistas como consecuencia de las transformaciones económicas que obligaban a concentraciones obreras en las grandes ciudades, sucedieron de forma tan rápida que crearon graves problemas de hacinamientos, escasez de infraestructuras y servicios sanitarios. Esto, unido al atraso endémico de este paÃÂs en lo que se refiere a estructuras de bienestar social, hizo que, a partir de los años 60 y parejo al desarrollo de la lucha obrera en la fábrica, se empezase a extender la lucha reivindicativa por la mejora de los barrios y contra los planes urbanÃÂsticos franquistas a favor de especuladores de todo tipo.
Al amparo en muchos casos de los grupos cristianos de oposición al franquismo fue creciendo un tejido social multiforme en el que se recreaban todas las tendencias polÃÂticas de oposición pero sobre el que destacaba una voluntad real de controlar el máximo de aspectos que conciernen a la forma de vida de los trabajadores fuera de la fábrica. Las luchas por escuelas, ambulatorios, transporte, zonas verdes, viviendas, etc. se fueron sucediendo llegando a un espectacular crecimiento a lo largo de los años 70 en que una cierta tolerancia polÃÂtica permitió despegarse de la Iglesia.
Eran los años de los movimientos sociales: los estudiantes paraban la universidad y los institutos reclamando una mayor participación en la toma de decisiones; las mujeres, en lucha por sus derechos, rompÃÂan las normas represoras franquistas, al igual que otros grupos discriminados como los homosexuales, los minusválidos, etc... los presos exigÃÂan, mediante fuertes motines, la reforma carcelaria y la amnistÃÂa...
Después de largos años de duros enfrentamientos: hoy aquÃÂ, mañana allá; con la muerte de Franco y el vacÃÂo de poder que a consecuencia de ello se dio, lo social estalló por todas partes. Todo parecÃÂa posible en ese momento, todo podÃÂa cambiarse si se participaba. Los marcos legales existentes eran rechazados sistemáticamente por su vinculación al pasado. Ningún Plan, ya sea urbanÃÂstico, de estudios, o de reforma de instituciones estatales, debÃÂa respetarse dado su origen sospechoso. Por todas partes proliferaban comités de afectados que lograban imponer sus criterios ante una Administración que, aturdida frente a un futuro incierto, se veÃÂa obligada a dialogar.
Junto a las reuniones informativas, las conferencias o las asambleas, abundaban los cineclubs, los grupos teatrales, las fiestas populares, etc... La gente querÃÂa saber sobre las luchas que se daban, pero también querÃÂa conocer cuales eran las distintas tendencias polÃÂticas, las vanguardias artÃÂsticas o de pensamiento y desarrollar aquellos aspectos de que nos privaba el franquismo. Para ello se devoraban libros, revistas o periódicos que, en aquellos años, también habÃÂan roto con los criterios de censura tradicionales y cumplÃÂan un importante papel de información y propagación de las distintas expresiones del propio estallido social.
Los movimientos reivindicativos integraban en sus filas las mismas tendencias polÃÂticas que el movimiento obrero y al igual que este, en España en estos años, prevalecÃÂa la “indisciplinaâ€? que hacÃÂa difÃÂcil su encuadramiento. Fácil era encontrar mezcladas la mera reivindicación con la insumisión social. Frente a los grupos que practicaban el posibilismo polÃÂtico se alzaban otros que propugnaban la ruptura total con las formas de cultura y civilización modernas: “abajo los muros de las prisiones, de las escuelas, de la familia, de la menteâ€?.
La operación de transición tuvo que tapar también estas grietas de lo social a fin de conseguir la pacificación que necesitaba para el desarrollo del proyecto de paÃÂs que se tenÃÂa en mente. Para el desarrollo económico que se pedÃÂa y vaticinaba era necesario el abandono radical de las veleidades protagonÃÂsticas que se daban en estos grupos. HabÃÂa que conseguir transformar ese entusiasmo por la acción en un entusiasmo por un diálogo de reforma hacia la “modernidadâ€?.
Los primeros ayuntamientos democráticos, constituidos por los protagonistas polÃÂticos de estos movimientos más tendentes al diálogo, lo hicieron posible. Se concedieron parte de los servicios que se reivindicaban en los barrios pero, eso sÃÂ, conservando el control institucional de los mismos mediante expertos. Si los jóvenes pedÃÂan dinero para mantener un local elegido por ellos, se decidÃÂa abrir un Centro de Jóvenes con profesionales como “asistentes socialesâ€?, “animadores de calleâ€?, en fin guardianes del orden, y los jóvenes volvÃÂan a encontrarse en la calle esta vez divididos ya que los dóciles aceptaban de buen grado las leyes internas. Si las mujeres reivindicaban un local donde reunirse y poder desarrollar autónomamente un conocimiento sobre su cuerpo que les hiciese fuertes frente al poder médico, se les abrieron centros de planing de barrio integrados por técnicos “ginecólogos, sicólogos, etc.â€? con lo que aún crecÃÂa más ese poder médico.... Las asociaciones de vecinos pasaron a depender de las subvenciones de los ayuntamientos con lo cual se favoreció el poder de los grupos polÃÂticos afines. Se instituyeron las asociaciones de padres en los colegios, las de estudiantes en los institutos y universidades, o los grupos de voluntarios por aquày por allá. A los presos se les calló con una Ley de reforma penitenciarÃÂa, la criminalización de la droga y el aislamiento.
Pero esto no fue fácil. Fueron necesarios muchos pactos y, sobre todo, un crecimiento espectacular de la burocracia estatal a base de trasiegos de puestos funcionariales que pasaron a ser ocupados por personal formado en esas luchas. Se podÃÂa “confiar en ellosâ€? y se delegaba asàtoda responsabilidad. Para cada problema apareció un experto y dejó de tener sentido reunirse para discutir causas y soluciones, ellos sabÃÂan más y el resto, “los aficionadosâ€?, podÃÂan dedicarse tranquilamente a lo suyo, consumir. Consumir incluso esos mismos servicios olvidando la consigna de “libres y gratuitosâ€? tan aclamada esos años.
En fin, el consenso crecÃÂa, conformado por reformistas de todo tipo y sustentado en un constante abandono de la calle por una gente cansada, “quemadaâ€? como se decÃÂa entonces, y que habÃÂa optado por la delegación del poder. Las ilusiones, una vez más, daban paso a la desesperanza. Asàquedó vacÃÂo de sentido toda acción o pensamiento crÃÂtico que pudiera poner en peligro la estabilidad. HabÃÂa sólo lo que podÃÂa haber.
Con la llegado de los socialistas al poder, la tendencia se fue profundizando hasta llegar un momento en que la apatÃÂa social se presentaba como un serio problema, dada la necesidad que tiene el Estado de un mÃÂnimo dialogo social que sirva de justificación de su gestión y de medio de integración. Porque no es suficiente el voto sumiso, se intenta por todos los medios fomentar un movimiento, eso si estructurado y subvencionado, de voluntarios sociales en los que se puedan canalizar insatisfacciones e impotencias.
El cuidado de ancianos, la recogida de juguetes para niños inmigrantes, la ayuda humanitaria al tercer mundo, son mÃÂseros paliativos a los desastres que sigue arrastrando e incrementa el orden social moderno: el abandono, la soledad, la discriminación y la miseria. Pero están muy lejos de poder conectar con las ideas de colectividad, mutua ayuda, autoafirmación y autogestión que se dejaban entrever aquellos años de impulso transformador.
Re: La llegada del otro
La verdad de las cosas se encuentra a menudo en sus rasgos más simples: la verdad de la actual ley de extranjerÃÂa se vislumbra en el apaleamiento, por parte de la policÃÂa, de los grupos de inmigrantes que hacÃÂan cola para regular sus papeles, el mismo dÃÂa de la entrada en vigor de la ley. Asàla ley mostraba que su legitimidad no se basa en la justicia sino en la fuerza, disipando cualquier ilusión sobre su imparcialidad o su justicia.
Con esta ley mueren diariamente ahogados, en su intento de cruzar el Estrecho y llegar a Europa, gentes como nosotros pero que a diferencia nuestra viven en distintos paises de Africa, paises que nuestros gobiernos europeos han ayudado a convertir en páramos de dolor y muerte y ahora impiden que salgan sus gentes de ese infierno: miseria, hambre, sida, guerra,... impuestos.
Y esto sucede cada dÃÂa ante nosotros aunque no lo vemos porque miramos a otro lado: para sostener y soportar este mundo hemos de dejar de mirar, hemos de dejar de vivir y hacer como si viviéramos. Hemos aceptado conformar un espacio muy estrecho, donde apenas cabe la vida, y sàsólo su semblante; espacio lleno de estereotipos que impiden mirar al otro como semejante.
En estas páginas recogemos fragmentos de esta otra mirada, razones para hacernos fuertes en aquello que nos es común (aquello que hay de más humano en nosotros) con las gentes que suben a las pateras, u ocupan fincas en Zimbabwe, o espacios en Seattle o en Barcelona, Colombia, México D.F. y Francia,... gentes de las que aquÃÂ, en estas páginas, damos noticia.
Nosotros y ellos, ¿pero quiénes?
Algunas anotaciones acerca de nosotros (a propósito de la inmigración)
Estamos ante el hecho incontestable de una aceleración de los movimientos migratorios que está poniendo en jaque el statu quo internacional. Incluso se puede decir que quizás estemos en un ciclo de cambio histórico de consecuencias imprevisibles para las actuales formas de dominación polÃÂtica, económica y social. Un ciclo cuyas implicaciones exceden con creces cualquier interpretación coyuntural. Quizás nos hallemos en el umbral de un ciclo histórico de largo alcance como los que provocaron las grandes mutaciones de la civilización occidental, en el cual los movimientos migratorios fueron un elemento fundamental. Considerarlo asàsignifica, como mÃÂnimo, relativizar el hecho migratorio como algo inherente a la Historia misma, una constante en fin del devenir humano. Sean las causas naturales o directamente provocadas por las sociedades humanas (la dictadura del capital globalizado), el caso es que el fenómeno migratorio cuando se vuelve perceptible se convierte, asimismo, en conflictivo. No tanto por su propia dimensión (el nivel de inmigrantes es cuantitativamente reducido y en el caso español casi irrelevante), como por la capacidad que tiene de despertar los fantasmas, de atizar nuestras propias inseguridades.
La actitud paranoide con que se tiñe todo lo relacionado con la inmigración y el supuesto peligro que representa para nuestra propia situación denota en primer lugar una clara conciencia (una conciencia ideológica y pervertida) de pertenencia al reducto privilegiado de los moradores del supermercado capitalista europeo. El replegamiento de Europa sobre sàmisma, su cerrazón xenófoba no tiene solamente que ver con el mantenimiento de unas determinadas condiciones para la acumulación de capital y nuestros hábitos de consumo, sino con la necesidad que tienen los administradores polÃÂtico-económicos de los paÃÂses ricos de obtener mayores niveles de adhesión por parte de sus administrados (la masa de trabajadores/consumidores).
Es ahÃÂ, con la ayuda del enorme potencial mediático, donde se fragua el "nosotros" cuyo uso polÃÂtico constituye una de las bases de toda expresión polÃÂtica en las sociedades capitalistas avanzadas. Un nosotros que es él mismo resultante de un precipitado histórico (de migraciones precedentes) cuya fabulación ideológica del territorio, la fisiologÃÂa, la lengua y los signos de diferenciación adquiridos con el tiempo (rasgos culturales), dio origen a las identidades nacionales en el siglo XIX. Un nosotros, en fin, que reedita la mitologÃÂa de la identidad del nacionalismo, aunque esta vez de acuerdo con las premisas y las exigencias de la realización total (totalitaria) de la economÃÂa de mercado. Un nosotros que nos constituye primordialmente como fuerza de trabajo altamente productiva y, en consecuencia, con un derecho prioritario de acceso (y pertenencia) al espacio acotado de la gran superficie comercial europea. Entre tanto, el proceso de reproducción ampliada del capital, convertido en lógica inherente del mundo, y su corolario, la economÃÂa de mercado, aparecen como realidades naturales, realidades que se imponen de forma abrumadora sobre las personas y las conciencias hasta convertirse en verdades incuestionables de la nueva fe que alienta el sustrato ideológico del actual totalitarismo democrático, como forma polÃÂtica que en los paÃÂses capitalistas desarrollados ha sustituido al pacto social entre el capital y el trabajo formalizado después de la Segunda Guerra Mundial.
La sumisión a la fe económica del mercado, la abdicación de cualquier pretensión crÃÂtica, el "fracaso" de la clase obrera para ir más allá del capital, etc., son formas de expresión de la renuncia a enfrentar la realidad de las condiciones de existencia por parte de la población trabajadora/consumidora/ciudadana en el capitalismo tardÃÂo.
*
La abdicación de la autonomÃÂa de pensamiento en aras del prejuicio colectivizado (la opinión pública) en torno a las leyes de la economÃÂa de mercado ha inducido una impotencia radical para comprender y hacer frente a las eventualidades de nuestra existencia histórica. Una impotencia que nos hace concebir el inmigrante como un "otro" extraño y amenazante sobre el cual desviar el temor y la violencia que somos incapaces de dirigir contra los "nuestros"; contra esos "nuestros" que, desde todas las instancias del poder económico, polÃÂtica, cultural, nos humillan y nos halagan, nos envilecen y nos alientan en el ejercicio cotidiano de nuestras funciones productivas y consumidoras, y en los que en último término nos reconocemos. Un "nosotros" cuya identidad consiste precisamente en darla por supuesta, en no preguntarse por su significado para no descubrir la futilidad de un "nosotros" que me ponen junto a la caterva de indeseables que dicen hablar mi misma lengua, haber nacido en una supuesta circunscripción territorial común y que incluso parece que tienen mi misma coloración de piel y costumbres. Un "nosotros" que es simplemente una coletilla de nuestra propia inseguridad, un tic del lenguaje tras el que escudarnos para mantener el espejismo de una identidad insostenible cuyo mantenimiento consiste únicamente en evitar su interpelación. El carácter estrictamente instrumental de la identidad (que la hace apta para su uso polÃÂtico) sólo adquiere una aparente consistencia cuando se afirma fantasmagóricamente frente a otro inventado, revestido de los atributos que delatan nuestras propias debilidades. El inmigrante, pobre, superficialmente distinto y, par tanto, fácilmente identificable como "otro" se convierte, asÃÂ, en una figura susceptible de un uso polÃÂtico con el que los administradores de las instituciones polÃÂticas y las corporaciones económicas intentan legitimar las democracias totalitarias y generar adhesiones. La polÃÂtica xenófoba de la Unión Europea es consecuente con ese propósito. El ministro Corcuera, al frente de la cartera de Interior de un gobierno socialista, también era consecuente cuando confesaba que la Ley de extranjerÃÂa, al reprimir la entrada de inmigrantes, tenÃÂa por objetivo evitar que se extendieran los brotes de racismo entre la población española. Tal alarde de cinismo hay que atribuirlo a un mero gaje del oficio: protegernos de nosotros mismos y evitar que se ponga en evidencia el total desmoronamiento de la propia identidad que se materializa en la actitud xenófoba. Posteriormente, el presidente del Gobierno, Aznar, a propósito de la expulsión de unas decenas de centroafricanos que, previamente drogados y esposados, fueron embarcados en un avión militar con destino a algún paÃÂs africano, se limitó a comentar simplemente "tenÃÂamos un problema y lo resolvimos".
La inmigración, de no mediar un cambio radial -poco previsible a corto plazo -en la distribución mundial de los recursos y los bienes producidos, continuará afluyendo sobre la fortaleza capitalista por la simple razón de que el flujo migratorio es una consecuencia inevitable del fortalecimiento desarrollista de los paÃÂses ricos. Asia, América Latina y Africa han sido esquilmadas en sus territorios y recursos, sus gentes explotadas y aniquiladas, sus medios de vida tradicionales destruidos bajo la presión del modelo capitalista (p.e., revolución verde, impulsada por la ONU y las grandes empresas que dominan la agricultura intensiva, industrializada). La emigración de la población joven de esos continentes en pos de hallar un medio de vida en el Norte opulento o, simplemente, huyendo de las masacres de las guerras de exterminio propiciadas por los consorcios multinacionales, es algo que continuará aunque sólo sea por mero instinto de supervivencia.. Por muchas barreras electrónicas, patrullas armadas, muros y alambradas, el proceso es imparable. Tardará más o menos, y el coste será más elevado en vidas humanas, pero ¿hasta cuándo podrá resistir la fortaleza europea? Contra la tendencia histórica de ciclo largo que la propia lógica de la acumulación de capital impone, la xenofobia cientÃÂfica, militar y propagandÃÂstica puestas en marcha por los gobiernos capitalistas sólo aparecen como vanos intentos circunstanciales que ponen de manifiesto la incapacidad real para hacer frente a una situación desde las premisas que rigen en la preservación del sistema capitalista y el totalitarismo democrático. Es lo que en palabras de mal gusto, se puede definir como la extensión a escala universal de la contradicción capitalista. Por eso la denominada polÃÂtica de inmigración evidencia tanta crueldad como incapacidad para -no ya resolver- sino encarar la realidad del movimiento migratorio.
Los inmigrantes son necesarios como nueva fracción proletarizada de bajo coste y fácilmente vulnerable al chantaje del régimen asalariado. Puesto que en el capitalismo tardÃÂo se dan contemporáneamente y a escala regional todas las formas de explotación de la fuerza de trabajo conocidas, los hombre y mujeres inmigrantes ocupan aquellas esferas de la producción y los servicios más intensivos en fuerza de trabajo, que son también donde se da una acumulación primaria, extensiva, de capital. En este sentido, la ilegalidad contribuye a favorecer las condiciones contractuales del empresario y a obtener una rentabilidad marginal aún mayor que en el mercado laboral convencional. Esto explica la inmersión de muchos sectores de producción (textil, calzado, confección, trabajo agrÃÂcola, servicio doméstico) cuya productividad habÃÂa descendido en los años 60/70. Por otro lado, la deslocalización productiva de los años 70 ha revelado sus debilidades y planteado nuevos problemas en cuanto a la logÃÂstica, calidad y gestión del ciclo completo del producto que hace recomendable la relocalización de la producción en los paÃÂses capitalistas desarrollados. Ahora, una vez que el movimiento obrero cuyas luchas entorpecÃÂan la acumulación de capital ha sido subsumido por la reestructuración y el valor de la fuerza de trabajo reducido, la producción puede volver a establecerse en Europa. Pero el mantenimiento de la producción capitalista en los paÃÂses ricos necesita de los inmigrantes, hasta el punto de que algunos sectores (p.e., agricultura industrial) están compuestos casi exclusivamente por mano de obra inmigrante.
*
En cualquier caso, la inevitable llegada del "otro" al occidente opulento, a una zona del planeta que se encuentra en unas circunstancias de agotamiento psÃÂquico, intelectual y demográfico, representa una oportunidad para nosotros mismos. Es, cuanto menos, una incitación a interpelarnos a nosotros mismos, a cuestionar nuestros presupuestos culturales, nuestros modos e ideas. La confrontación con la inmigración entraña, desde luego, una problemática de gran alcance en todos los órdenes de la vida económica y social que es, también, una incitación a salir del actual impasse en que nos encontramos. El punto de vista xenófobo queda atrapado en el problema mismo que se plantea y en la inercia mental de las obviedades simplificadoras urdidas con ignorancia, mentiras y mala fe (son demasiados, tienen otras costumbres, etc.). En realidad, el punto de vista del xenófobo presenta el problema de la inseguridad y vaciedad de su propia existencia como sujeto proletarizado y sumiso a la lógica competencialista (nos roban el trabajo, nos quitan las casas y las subvenciones, etc.). Los tópicos del discurso xenófobo no tiene otro fundamento que el de la privacidad paranoide en que se desarrolla la vida de la población asalariada/consumidora en las sociedades capitalistas desarrolladas. La naturaleza misma del confort alcanzado en el Occidente opulento y que supuestamente la inmigración pone en peligro, es el resultado de un modelo socioeconómico basado en la extorsión productiva y en nuestra propia degradación psÃÂquica e intelectual. Sin embargo, la necesaria revisión del concepto de confort imperante en las sociedades capitalistas desarrolladas nos emplazarÃÂa inevitablemente a enfrentarnos a los "nuestros", a nuestros administradores a "nuestros" centros de decisión económicos, financieros, polÃÂticos, etc. Precisamente, porque la presencia de la inmigración es un elemento desestabilizador, que sacude nuestro statu quo, es por lo que representa una oportunidad para abrir nuestro horizonte crÃÂtico, existencial. Pero ello, requiere de un gesto de largueza de miras por nuestra parte que desborde los márgenes de identidades adquiridas. Es necesario un esfuerzo por superar la estrechez de las categorÃÂas que constituyen el nosotros fetichizado en la pertenencia territorial y cultural en la más amplia acepción de la palabra; un esfuerzo que nos haga entender nuestras condiciones materiales de existencia, las de ellos y las nuestras, sus miserias y las nuestras, para abordar las causas comunes que se enraizan en el mismo modelo socioeconómico que nos envuelve. Es decir, abordar hasta sus últimas consecuencias lo que significa nuestra adscripción al espacio e identidad capitalista y el reflejo defensivo que representa el replegamiento xenófobo hacia la cultura de la mercancÃÂa en la fortaleza europea.
Estamos, sobre todo, ante una oportunidad de interpelarnos a nosotros mismos y desde nuestros mismos, desde la razón crÃÂtica y contra la razón instrumental materializada en la lógica productivista del beneficio. Del mismo modo que construimos al "otro", la inmigración actual es el resultado de la construcción histórica del otro bajo las condiciones de dominación capitalistas. Es nuestra propia construcción. Por eso, no se trata de esquivar la confrontación directa con la inmigración, sino de hacerlo, precisamente, reconociendo en ella una expresión distinta (diferente a la nuestra en las particularidades de sus manifestaciones formales) del mismo desposeimiento de la condición humana que lleva a cabo la producción capitalista de mercancÃÂas y servicios. De ahàque para hacer frente a la conflictividad puntual, cotidiana, de convivencia sea necesario apelar a un acto de autodespojamiento consciente de la identidad del capital; es decir, un acto de desidentificación autocrÃÂtica de las categorÃÂas y prejuicios que nos constituyen como subjetividad del capital (variable productiva y de consumo en los modelos econométricos capitalistas).
*
De nada sirve obviar o minimizar la conflictividad potencial de la relación con el otro (inmigración), escondiendo la cabeza bajo el ala de una multiculturalidad que actualiza el mito del "buen salvaje", que descansa sobre la mala conciencia de la Europa rica y que se trasmuta en una especie de aceptación indiscriminada de todo lo que tiene que ver con la inmigración. El todo vale y la aceptación acrÃÂtica de los valores y expresiones culturales que acarrea la inmigración apenas disimula un absurdo complejo de culpa de la población europea respecto a las vÃÂctimas de los paÃÂses pobres. La actitud vergonzante y asistencialista que alienta el espÃÂritu de las ONG sólo contribuyen a perpetuar la condescendencia (y un inconfesable desdén) hacia la gente inmigrada. La solidaridad sólo es posible entre iguales, entre individuos con condiciones de existencia equiparables. Lo otro es ayuda, asistencia, paternalismo, etc.; formas todas ellas donde el receptor de la ayuda aparece como figura subordinada. Pero la articulación de una solidaridad real con la gente inmigrada nos emplaza, en primer lugar, a romper la solidaridad (el pacto de intereses) con los "nuestros", con los administradores de nuestra identidad de sujetos confortablemente instalados en el área del supermercado. Si queremos hacer algo realmente para atajar la xenofobia planificada y el genocidio calculado que azota las poblaciones pobres y obligadas a la emigración, tendremos que enfrentarnos primero con los "nuestros"; con esos "nuestros" cuya impunidad está avalada en la aceptación incuestionable de nuestra condición de ciudadanos de pleno derecho en el área comercial europea. Es en nuestro nombre y en aras de nuestros intereses que los gestores de la economÃÂa de mercado capitalista adoptan las decisiones de miseria y muerte contra la mayor parte de la Humanidad. El complejo de culpa que subyace en nuestras conciencias se asienta en la cobardÃÂa que nos hace admitir el actual estado de cosas, y nos hace especialmente vulnerables al chantaje de la xenofobia atizada desde los centros del poder económico transnacionales y administrada por nuestros representantes.
Una actitud realista ante la inmigración exige reconocer la conflictividad, la fricción cotidiana, tanto como el mutuo enriquecimiento que supone el contacto, la aculturación; pero exige también enfrentarla desde una crÃÂtica de las identidades heredadas y/o inducidas por el modelo de sociedad capitalista. La naturaleza misma del conflicto -y las posibilidades de su superación- se verá modificada en función de las razones invocadas en la propia expresión del conflicto. AsÃÂ, por ejemplo, invocar frente al otro, recién llegado, el derecho que nos asiste porque nuestros antepasados llegaron antes, es mantener el problema dentro del ámbito viciado por los fetiches anacrónicos del lugar de nacimiento o de los amuletos culturales. Es, en fin, un planteamiento desviado, falseado, del problema. AsÃÂ, se trata de una cuestión viciada, que no se puede abordar crÃÂticamente, sino tan sólo desde la óptica de la razón instrumental y del más espurio uso polÃÂtico de las diferencias (xenofobia). La primera condición para superar el denominado problema de la inmigración hace necesario un replanteamiento integral de la cuestión, sobre las bases actualizadas de la razón crÃÂtica. Al menos, asÃÂ, las mezquinas invocaciones de un nosotros fetichizado se desmoronarÃÂan como lo que son; como perversiones de la razón instrumental realizada en la economÃÂa de mercado. Pues, a fin de cuentas, el derecho de exclusividad sobre el mercado europeo (el territorio acotado de nuestra identidad capitalista) en última instancia, descansa sobre la apropiación/expropiación del territorio y la privación de la subjetividad del "otro". Esa creación de la burguesÃÂa ascendente que fue el Estado de Derecho, como instrumento de garantÃÂa de su dominación de clase, aparece ahora como la expresión del consenso en las sociedades capitalistas en un estadio avanzado de sometimiento a la dictadura del mercado y la mercancÃÂa. El nosotros plenamente identificado con la condición de súbdito asalariado en el supermercado capitalista, solo alcanza a invocar la identidad como exclusividad de pertenencia a un mismo espacio material (nuestro mercado común) y simbólico (ciudadanos con derechos). El derecho a ser parte del mercado común europeo funda, asÃÂ, nuestra identidad como exclusividad; una identidad que en la práctica polÃÂtica del Estado Común Europeo comporta la exclusión material del otro (cierre de fronteras) y la expropiación simbólica del derecho a ser y/o estar en el territorio.
Como quiera que sea, hemos llegado a un punto (y la tendencia migratoria es irreversible) en que la actitud vergonzante dictada por un inefable complejo de culpa nos servirá de nada para hacer frente a la xenofobia institucional y social que se extiende por Europa. Estamos, pues, emplazados a abordar la cuestión en otros términos y, aunque sólo fuera por mera decencia intelectual, atreverse a pensar la inmigración de manera que, al menos, permita delimitar realmente el territorio de la confrontación (que no coincide precisamente con las actuales fronteras nacionales) y definir claramente la naturaleza de nuestros verdaderos enemigos. ¿O acaso la reestructuración y el desmantelamiento del Estado de Bienestar ha sido una decisión de la población inmigrada?
Esperando a los bárbaros
- ¿Qué esperamos congregados en el foro?
- Es a los bárbaros que hoy llegan.
- ¿Por qué esta inacción en el Senado? ¿Por qué están ahàsentados sin legislar los senadores?
- Porque hoy llegan los bárbaros. ¿Qué leyes van a hacer los Senadores? Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.
- ¿Por qué nuestro Emperador madrugó tanto y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad está sentado, solemne y ciñiendo corona?
- Porque hoy llegarán los bárbaros, y el Emperador espera para dar a su jefe la acogida. Incluso preparó, para entregárselo, un pergamino que le otorga tÃÂtulos y dignidades.
- ¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron hoy con rojas togas bordadas; por qué llevan brazaletes con tantas amatistas y anillos engastados y esmeraldas rutilantes; por qué empuñan hoy preciosos báculos en plata y oro magnÃÂficamente cincelados?
- Porque hoy llegarán los bárbaros; y espectáculos asàdeslumbran a los bárbaros.
- ¿Por qué no acuden, como siempre, los ilustres oradores a echar sus discursos y decir sus cosas?
- Porque hoy llegarán los bárbaros y les fastidian la elocuencia y los discursos.
- ¿Por qué empieza de pronto este desconcierto y confusión? ¿Qué graves se han vuelto los rostros? ¿Por qué calles y plazas aprisa se vacÃÂan y todos vuelven a casa compungidos?
- Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron. Algunos han venido de las fronteras y han contado que los bárbaros no existen...
- ¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.
El prejuicio sobre el otro
El otro siempre está ya antes que nosotros: empezamos a ser en el campo del otro, empezamos a existir como seres hablantes en el campo del lenguaje, ambos previos a nuestra existencia. Cada uno accedemos a un nosotros siempre anterior a nuestra agregación a él, un nosotros originado del encuentro con los otros: de esta manera se constituyen las agrupaciones, las etnias, las naciones. Este encuentro se desplaza en el espacio y en el tiempo. Sin desplazamientos, sin migraciones no hay pues historia. Este ir y venir es lo que va formando las identidades que, a su vez, van cambiando.
La identidad y la cohesión del grupo viene del otro. El otro es quien nos atribuye un conjunto de estigmas para diferenciarse de sày de otros grupos, y, a la vez, frente al otro, el grupo se afirma a base de estereotipos y prejuicios hacia este otro. Los prejuicios son opiniones arcaicas y dogmáticas, desfavorables respecto a otros grupos. Cuando estas opiniones se traducen en comportamientos dirigidos contra estos grupos objeto de prejuicio, hablamos entonces de discriminación: racismo o "multiculturalismo", su nueva versión laight polÃÂticamente correcta.
El prejuicio serÃÂa pues un juicio prematuro, siempre desfavorable que tiene un grupo con respecto a otro y que consiste en pensar a través de clichés o estereotipos que, por una parte, acentúan las diferencias con el otro grupo y, por otra, las semejanzas con el grupo propio. De esta manera la violencia interna del grupo es canalizada hacia el exterior, hacia "los bárbaros", cumpliendo asàestos una función catártica hasta el punto de que si no existieran habrÃÂa que inventarlos como podemos entenderlo en el poema de C. Cavafi(*).
Estos prejuicios que pueden basar su idiosincrasia en hechos arcaicos de carácter histórico o de "personalidad"(1) son reforzados por las distintas instancias del poder polÃÂtico, o mediático, y por tanto cabe explicarlos en función de las situaciones sociales en las que se produce la discriminación. Quizá hoy es más necesario insistir en estas situaciones sociales como explicativas cuando todo el discurso que pasa a través de los mass media insiste en las explicaciones que encuentran el origen de estos prejuicios en el conflicto entre culturas y civilizaciones y religiones: entre identidades forjadas por éstas: Oriente contra Occidente; islamismo contra cristianismo, religión contra secularidad,... Es el tipo de explicaciones que brindan para explicar las intervenciones "democráticas" en Kuwait, en Yugoslavia, en Argelia. Lo cierto es que estas identidades son, cada dÃÂa, más destruidas por el modo de vida que la producción de mercancÃÂas impone: cada vez más no hay otra identidad que la del dinero, y la llamada secularidad vuelve a tener sus ÃÂdolos religiosos: la ciencia, la técnica. No tenemos ya identidades que defender, ni nosotros ni los otros.
Tratemos de ver ahora cómo se forjan estos prejuicios y estereotipos aquàen relación a los inmigrantes.
Lo que a primera vista molesta de la llegada de inmigrantes en una zona concreta es el "empobrecimiento del entorno"; entorno ya precario que viene a aumentar su precariedad con la llegada de más pobres. Con ello aumenta la masificación (gente que se irá instalando con sus familias largas), y la conflictividad: al ser, los nuevos llegados, el último eslabón de la cadena de la precariedad y de la pobreza, están abocados a la violencia (robos, pequeño tráfico de droga, trapicheo...).
Otra cuestión que igualmente molesta es la competencia laboral que ejercen. Aunque vengan a realizar unos trabajos que por sus condiciones laborales y por los salarios pagados nadie esté dispuesto a hacerlos, se tiene la sensación de que vienen a quitar trabajo y que actúan a la baja respecto a salarios y condiciones laborales, representando de esta manera un retraso en las conquistas respecto a las condiciones de trabajo y de sueldo logradas.
También en el aspecto sexual la llegada de estos inmigrantes se apercibe como una competencia que en los lugares de ocio se escenifica con una mayor violencia. Se podrÃÂa hablar también de que representan un retraso en las conquistas de las mujeres locales, ya que se renuevan tradicionales situaciones de dependencia del sexo femenino.
En su conjunto se aperciben pues como un otro con costumbres ancestrales, patriarcales, de fanatismo religioso, situados un grado por debajo de nuestra civilización. Claro está todo es asàrespecto a la inmigración de los pobres: al inmigrante rico, europeo, japonés que viene a hacer negocios se le envuelve con un halo de sofisticación. El otro que preocupa y molesta es siempre el pobre, el desposeÃÂdo, al que se le llama inmigrante.
A partir de esto, simplificando, estigmatizando y bien orquestado a través de los media se llega a la formación de estereotipos (todos los de tal paÃÂs son incultos, todos los de tal otro fundamentalistas, todos los de tal otro sucios y ruidosos, etc.) que se organizan como un prejuicio hacia el inmigrante y que se traduce en una discriminación, que puede llegar a cotas racistas como en el caso de El Ejido.
En El Ejido la situación social es prototÃÂpica. Una región pobre de AndalucÃÂa que en pocos años, gracias a la agricultura intensiva de fruta y hortaliza y una sobreexplotación increÃÂble, propias de las condiciones laborales y salariales del primer capitalismo, pasa a tener la mayor renta per cápita de la penÃÂnsula(2). Una conflictividad evidente por las condiciones miserables de los que, para los empresarios, no son más que mano de obra barata, estalla a partir de un hecho puntual(3) y da pie a lo que los media han enfatizado como explosión de un racismo popular de "caza al moro".
Los que han provocado y se han enriquecido de esta situación dan ahora lecciones de civismo a los vecinos que conviven con los "moros", o viven al lado. La misma lección, que aún recordamos, durante los enfrentamientos provocados por la ubicación de un colectivo gitano en un suburbio de Barcelona(4). Como siempre los que nos someten nos instruyen.
No se trata de magnificar al pueblo pobre -la pobreza y la miseria pervierten y de lo que se trata es de suprimirlas- sino de mantener un mÃÂnimo de capacidad crÃÂtica. Por esto hace falta ver con cautela este racismo popular. No intentamos reducir la violencia habida a la actuación de un puñado de racistas y de skins, sino que tratamos de saberle el origen, las causas, su instrumentalización polÃÂtica y mediática :viene bien un racismo popular para justificar un racismo institucional que se expresa con una ley de extranjerÃÂa.
También serÃÂa interesante conocer las formas solidarias habidas y las formas de organización para llevar a cabo la huelga que los trabajadores inmigrados realizaron durante una semana. Por los media sólo sabemos de la ignominiosa foto de polÃÂticos y sindicalistas desplazados rápidamente al lugar de los hechos para condenar el racismo y no las condiciones de explotación y humillación de la población inmigrante.
Es hueco y banal, además de perverso, ante situaciones de este tipo hablar de aceptación mutua, de reconocimiento mutuo, de la necesidad del diálogo entre culturas, sin denunciar antes la situación de explotación y de opresión. Sólo a partir de esta denuncia y de una confluencia en la lucha contra estas condiciones, adquieren sentido aquellas palabras.
A veces, con la crÃÂtica de este prejuicio en contra del otro se desliza otro prejuicio, ahora en sentido contrario, que hace aceptar, sin mirar, los prejuicios y las formas culturales del otro. Aceptación acrÃÂtica de aquello que viene del otro: su religión, sus ritos, sus clanes jerarquizados, sus identidades..., aceptando en ellos lo que aquÃÂ, en nosotros, criticamos. Se trata pues de otra forma de discriminación, que parte como siempre de una posición de superioridad: la de conceder al otro menos rigor crÃÂtico o menor lucha contra formas de su enajenación. Se trata de la versión rousoniana del buen salvaje de un prejuicio, extendido en la izquierda, sobre la bondad del pueblo llano..., prejuicio denunciado por Marius Jacob con aquella contundencia: "entonces comprendàtoda la carga moral de este prejuicio: creerse virtuoso e ÃÂntegro por el hecho de ser esclavo".
Sólo desde la igualdad, desde el reconocimiento del otro como un igual, desde una situación igualmente crÃÂtica, podemos luchar contra todos los prejuicios, luchar contra todas las identidades que nos hacen extraños unos a otros. No se trata de pregonar una armonÃÂa banal en el encuentro con el otro, encuentro que está atravesado por luchas de intereses y que se va a regular a través de la fuerza expresada en la ley. Se trata de profundizar en aquello que nos iguala, en aquello que es común y que por tanto puede ayudar a instaurar comunidad, en aquello que hay de más humano en nosotros mismos -lo cual no tiene nada que ver con el humanismo-, siguiendo con la crÃÂtica de las distintas identidades (raza, nación, cultura..) de quita y pon que nos vemos impulsados a asumir.
Etcétera, junio 2000
(1) Adorno y otros, en los años 50, construyeron el concepto de personalidad autoritaria para explicar el ascenso del nazismo. Más allá de las causas individuales y coyunturales hablaron de una estructura estable y constitutiva de la “naturaleza humanaâ€? que podÃÂa ser activada en determinadas circunstancias y tomar la forma de fenómeno social. Esta personalidad autoritaria tendrÃÂa como dimensión principal el etnocentrismo y la forma de pensamiento a través de clichés y de estereotipos.
(2) En los años 80 algunas multinacionales belgas y holandesas convirtieron la región de El Ejido en una explotación agraria de 17.000 hectáreas, con 6.000 explotaciones que pronto fueron atendidas por una inmigración magrebày subsahariana (actualmente 40.000 inmigrantes entre legales y sin papeles) debido a las infrahumanas condiciones de trabajo: sin viviendas, sin agua, hacinados durmiendo en el mismo invernadero de plástico,... Se trata de una explotación de productos muy perecederos y que por tanto, para un máximo beneficio, hay que excluir cualquier derecho de huelga.
(3) Un magrebÃÂ, en tratamiento psiquiátrico después de que un compañero de trabajo, con el que vivÃÂa, se cargara a dos patronos que lo habÃÂan despedido, acuchilló a una joven compradora de un mercadillo del pueblo.
(4) Ver ETCÉTERA nº 17, enero 1991
La llegada del otro
Tramposa "Tolerancia"
(En la reunión preparatoria de una manifestación, los numerosos organismos convocantes discutÃÂan el motivo de la misma y buscaban una consigna unitaria. Pactaron "CONTRA LA LEY DE EXTRANJERIA" que era en lo que estaban de acuerdo. AsàaparecerÃÂa en la primera pancarta, la que llevan los lÃÂderes y allegados. A última hora y por decisión exclusiva de los "grandes" partidos y sindicatos, la cambiaron y pusieron
"POR LA TOLERANCIA, NO A ESTA LEY DE EXTRANJERIA").
Volar sin paracaÃÂdas y sobrevivir
La última forma de la sociedad capitalista: la de la sobreabundancia en los paÃÂses del centro y marginación y exclusión en la periferia, la de la galopante globalización, la que promueve el gobierno mundial en unas pocas manos multinacionales, la de la supremacÃÂa del mercado por encima de todas las instancias polÃÂticas, sociales y culturales, comporta diversas formas de producción de alienación y consenso con el fin de establecer un dominio social y un conformismo que hagan más llevadera la dificultad creciente de vivir todos en condiciones dignas.
La reproducción del capital deja abandonado en el camino a todo un numeroso grupo de naciones con millones de habitantes. Son los excluidos que no tienen opción de disponer de los alcances de la sociedad en Occidente, ni de sus derechos, sean los que sean. Y aunque también en los paÃÂses del centro capitalista hegemónico existen parados, sin techo, zonas marginadas y hambre relativa, todo ello no es comparable con los totalmente excluidos que pueblan gran parte del globo terráqueo. Y no es sólo un problema de mala gestión, ni de tener un gobierno inadecuado o de mala suerte en la polÃÂtica económica, ni tan sólo de ser más o menos importante en cuanto a yacimientos energéticos, pesca o agricultura.
El desarrollo actual del mercado mundial produce inexorablemente un incremento de las desigualdades entre las naciones que tienen y las que no tienen y encima están altamente endeudadas con las primeras. No sólo no se distribuye la riqueza sino que, al contrario, la concentración de ésta cada vez es mayor: 225 personas tienen el mismo dinero que el 47% de la población mundial.
Esos paÃÂses del segundo, tercer y cuarto mundo, a merced de gobiernos corruptos (causantes junto a sus mandatarios de la deteriorada sociedad en que viven) se declaran incapaces de hacer frente a la mala situación social de su población. Hay una presión enorme para buscar nuevos horizontes, nuevas salidas colectivas o individuales. Si nada se espera en el paÃÂs de origen se está dispuesto a emigrar, a buscar otra geografÃÂa donde recalar y vender la fuerza de trabajo. Y en esta situación hay millones de personas dispuestas a coger el hatillo (no hay ni maletas que llenar) para llegar a esos "paraÃÂsos" que les han contado, que han visto en la televisión con antena parabólica del vecino, en las pelÃÂculas... y vuelven a soñar con un mundo mejor que el que les rodea, con dinero y coche, con casa, sanidad, escuelas para sus hijos. Y con derechos, aunque sean los mÃÂnimos.
Deciden volar sin paracaÃÂdas, porque éste no existe para ellos. Llegar a España se convierte en prioritario al precio que sea: pagando cantidades muy importantes para que les pasen las mafias fronterizas, en los bajos de los camiones, en contenedores, barcos, pateras, en el tren de aterrizaje de los aviones; con permiso de turista o sin él, de forma legal o incontrolada, de refugiado polÃÂtico o refugiado social. Se juegan la vida por llegar a Occidente para encontrar trabajo y a menudo encuentran la tumba anónima de un cementerio lejos de su paÃÂs.
Y España, como otros paÃÂses europeos, quiere esa mano de obra pobre y barata, no reivindicativa. Los empresarios la demandan insistentemente. Pero aunque pacten cuántos y cómo llegarán de manera legal, por medio de acuerdos con otros paÃÂses de la periferia "amenazante" (principalmente el Magreb, Africa subsahariana y algunos paÃÂses de Sudamérica), también llegan muchos miles por los medios antes mencionados jugándose la única vida que tienen.
Con el millón de extranjeros instalados y con los que llegarán a España en próximos años también vienen sus costumbres, sus formas de ser y estar, sus creencias religiosas, la música que escuchan y la ropa que visten, su comida y su idioma. Los más instalados ya tienen bares y restaurantes, tiendas de alimentación y comercios como otros cualquiera de cualquier lugar de España.
El concepto de "Tolerancia" como estrategia polÃÂtica de segregación
El Gobierno y la sociedad pensante "oficial" encargados de mantener a raya la inmigración, se ven obligados a mitigar con discursos la llegada continua de nuevos emigrantes y nos atiborran del concepto de tolerancia para que cale en la población e integre su horizonte intelectual, revistiéndolo como un acto moral y de justicia para con aquellos que no comparten nuestras condiciones de vida. No siendo un concepto nuevo, ya que se viene utilizando como punta de choque al racismo, es ahora cuando el poder tiene necesidad de utilizarlo más porque se adivina un futuro complejo.
Es casualidad repetida que esos asiduos a las páginas escritas y a los medios audiovisuales apelan a la tolerancia hacia el extranjero o el gitano, crean polémica, extraen la teorÃÂa de los extremos (desde los mercenarios ultraderechistas del ministerio policial que atacan a los emigrantes, a los defensores de la igualdad) para concluir que la virtud está en el centro, en la tolerancia, en el pensamiento polÃÂticamente correcto. Van construyendo un imaginario que trata de influir en los comportamientos ajenos acordes a los deseos de los aparatos económicos, culturales e ideológicos dominantes.
Hoy el discurso de la tolerancia se ha convertido en una estrategia polÃÂtica necesaria para el mantenimiento del orden polÃÂtico y su funcionalidad. Hay cierta urgencia en aplicarla y que aparezca como virtud del poder estatal, de las instituciones de gobierno y de los agentes sociales (sindicatos, ONG's...). Desean un comportamiento determinado de la población ante posibles conflictos de diverso origen y motivos, fruto del devenir de la sociedad moderna.
Y al margen del discurso, los polÃÂticos se ponen a trabajar para definir por medio de normas los verdaderos contenidos de esa tolerancia, lo que será bueno o malo, correcto o su contrario, decente o insoportable, lo que será parte del orden o su castigo. Y la voz principal la lleva el Ministerio de Interior, el de la policÃÂa. Buscan los lÃÂmites para imponer las reglas de convivencia, de crear escudos para mantener la situación actual. Son leyes restrictivas, ambiguas, basadas en criterios de preferencia y no promotoras de caminos de integración como una parte del todo.
Desde el Gobierno y demás escuderos del poder se parte de una premisa para legislar e ideologizar: que nuestras creencias y costumbres son las verdaderas y por tanto son las que hay que exigir y aplicar para no ser "vÃÂctimas" de esos "otros" que pueden alterar nuestro bienestar en el paraÃÂso alcanzado. Para ello ya ha habido una precondición inicial: que vienen personas diferentes en formas de vida y creencias de los que hay que defenderse con leyes y algo más. Habrá que tolerar, soportar, a quien no es como nosotros, a quien no admitimos ni aprobamos en lo diferente.
Se habla de lo que debe tolerarse y por tanto, obviamente, de lo que no. Luego la realidad, no sólo la de las leyes sino la cotidiana, se encarga de hacer la vida imposible a los extranjeros, a los sin papeles, al pobre, al moreno o negro: se las verá con el racismo y la desigualdad de trato en el trabajo si tiene y en la comisarÃÂa si lo detienen, al alquilar una casa, al ir a la sala de baile o al tratar con la gente del paÃÂs. La tolerancia y la intolerancia quedan diluidas en el trato generalizado de rechazo ante el mutismo de las autoridades polÃÂticas y de esas autoridades morales de la sociedad llamados intelectuales.
A pesar de ello se firman todos los tratados habidos y por haber de respeto obligatorio a los derechos humanos (del hombre blanco occidental, evidentemente). Porque es cierto que en España no es legal matar emigrantes (aunque lo han hecho policÃÂas y gente de extrema derecha muy vinculada al Estado que a los cuatro dÃÂas salen de la cárcel, si llegaron a entrar); no es legal marginar a nadie por sus creencias religiosas o costumbres (esto es lo habitual); no es legal maltratar con persecución policial continua en la calle; no es legal dar un trato laboral inferior respecto a los nacionales. Pero con estas leyes de extranjerÃÂa para los diferentes otros, lo que se hace es señalarlos con el dedo acusador: eres diferente e inferior.
Esto sólo es aplicable a los inmigrantes pobres que vienen a trabajar por pura necesidad y en cualquier condición. Del mensaje oficial de la tolerancia quedan excluidos los no pobres, igualmente emigrantes fijos o discontinuos. El Ministro de la policÃÂa o el de Cultura no se atreverán a decir que hay que ser tolerantes y soportar a los ricos árabes de la Costa del Sol, ni a los rusos nuevoricos en asuntos turbios instalados en la costa levantina, ni a los alemanes e ingleses propietarios en Las Baleares, ni a los americanos y japoneses que trabajan en las grandes multinacionales instaladas en España. Mucho menos a los futbolistas o artistas extranjeros. Con ello se demuestra que tolerancia y necesidad de mano de obra barata y pobre caminan de la mano movida por el poder del dinero y del sistema social vigente.
La trampa de la "Tolerancia"
Al igual que la palabra democracia, la de tolerancia sirve igual para un roto que para un descosido. Todo el mundo se declara demócrata y tolerante, al igual que nadie se reconoce racista: no está bien visto públicamente. Incluso esa forma de autocensura personal o gubernamental hace que el discurso del poder sea más eficaz y verosÃÂmil: no se debe mencionar el interés de los empresarios en pagar peor a los emigrantes, de que apenas tengan derechos laborales, incluso del esclavizaje salarial que representan las ETT's; no se puede reconocer que la policÃÂa maltrata y los polÃÂticos roban impunemente, que los partidos polÃÂticos llevan cuentas paralelas a las oficiales como tantas otras empresas. Todo ello es parte indisociable del funcionamiento del dinero y del mercado.
Aceptar sin reflexión el discurso de la tolerancia conduce a un pensamiento acrÃÂtico y conservador, pues lo han enmarcado en una noción bienintencionada de las relaciones entre personas, prácticamente en la sintonÃÂa del pensamiento religioso.
Su trampa deriva de que el discurso está contaminado por lo polÃÂtico mantenedor del orden actual, pues se trata de que no se cuestione la realidad concreta que produce el conflicto que necesita de la aplicación de la tolerancia. No quieren que miremos las conexiones económicas, sociales y culturales que han obligado a que las relaciones sean verticales entre los que imponen y los que obedecen, entre los que tienen y los que no, entre tolerantes y tolerados. No hablan de relaciones entre iguales sino que ven en el "otro" al infeliz, al inculto, al fundamentalista o al violento. Al desdeñar las perspectivas globales de análisis (¿no estamos en la globalización?) se ejerce la tolerancia como hipocresÃÂa ante la complejidad social. Se convierte en válvula de escape que distrae del miedo a las diferencias para dejar indemne la homogeneización básica del sistema de capitalismo mundial.
Se tolera la identidad del otro para reafirmar nuestra superioridad y se mantiene la distancia debida para no "contaminar" nuestros privilegios. Nos encantan las pelÃÂculas de Kusturika, las músicas de los zÃÂngaros balcánicos, nuestro flamenco gitano, viajar a Africa y convivir con ellos turÃÂsticamente, ir al Word Music étnico, los ritmos mestizos y caribeños, las diferentes comidas de los grupos participantes en la cita anual de Sos Racisme, también el Buenavista Social Club... pero en el fondo es sólo parte del mercado.
Con la tolerancia se promueve que seamos consumidores sociales pasivos en un paraÃÂso imposible por las crecientes desigualdades.
La llegada del otro
¿Quién es el otro: el competidor, el enemigo, la vÃÂctima, el culpable, el malo?
Las diferentes formas en las que se inviste el uno y el otro son el producto de las relaciones socialmente establecidas. Estas relaciones son delimitadas según las respectivas posiciones que se ocupan en la escena social, son variables, y su contenido es susceptible de sensibilizar un sentido paradójico a la existencia.
Este espacio dado a las relaciones, se constituye como un universo de dominación de unos sobre otros, de competitividad y sumisión; subordinado a la actividad económica que lo produce, consignado a la extracción de beneficio como la razón última de su existencia, como su verdadera y primera necesidad. La realidad social se expresa con la naturaleza de su realidad mercantil, se comunica con este código.
La causa económica se impone separándose del interés común, por encima de la comunidad, con toda su violencia segregacionista; se edifica sobre la destrucción del medio fÃÂsico y humano, de hecho se nutre de su socialidad; se exalta como una monumental acumulación de fetiches, abstracciones de la materialidad que reflejan al imaginario encerrado tras el cristal.
Esta subordinación de la actividad a la crematÃÂstica atestigua la condición desposeida del individuo. Este, una vez expoliado y excluido, se somete por necesidad; aislado de los otros y privado de los medios de subsistencia, es reducido por el miedo... también al otro. El uno y el otro establecen una relación fracturada. Sin una finalidad común no se reconocen, son eliminados, explotados o enfrentados.
Este espacio liberado de la comunidad y de su mandato, que desde ese momento se instituye polÃÂticamente formal, se emancipa de la responsabilidad común; representa el escenario del antagonismo entre unos y otros, que pugnan por incorporar un determinado valor de cambio. Esta negación de la socialidad, de disfrutar del legitimo y justo derecho al uso de las cosas, incorpora una determinada cantidad de valor abstracto que se manifiesta en la violencia estructural tan efectiva como en el intercambio. Es esta la única fuente de valor que circunscribe la relación entre los individuos como objetos animados cualquiera, que son regulados por el mercado... como una mercancÃÂa más. Esta yuxtaposición de valores, que caracteriza las sociedades capitalistas, alimenta un determinado orden jerarquizado que ostenta una cantidad de violencia proporcional al incremento de la composición orgánica del capital. Es la barbarie que recorre las relaciones humanas y caracteriza la miseria de nuestra civilización.
Sin dominio y dominados por la abstracción, el Reino del Objeto se afirma sobre el sujeto, lo inerte gobierna sobre lo biológico. Su mandato es forzosamente apocalÃÂptico para el género humano, causa su destrucción: le suprime.
Desplazando la centralidad, el objeto se constituye libre para dictaminar sus propias leyes, todo lo que se le adhiere es cosa, domina la acción humana y crea dos identidades antagónicas: la mercancÃÂa contra la Comunidad.
Solamente renunciando al contenido social, al dominio sobre el objeto, este monarca, la Cosa, reina entre sus siervos y siervas, como si fuera suyo propio. Este nuevo feudo, ampliado a los objetos y su producción, nos devora y nos impone la servidumbre, - mutatis mutandis, dicen-; en realidad este imperio dirige, administra, produce individuos como VÃÂctimas, según su poder adquisitivo.
La violencia, que recorre las relaciones sociales de arriba hacia abajo, es pues la más real, genuina y permanente de las expresiones del capitalismo a lo largo de su historia. Su valor de uso expresa, según un valor abstracto, la parte proporcional de socialidad destruida, evacuada, transformada en mercancÃÂa, en la construcción del mundo real.
Ese doble reconocimiento del otro, como mercancÃÂa y como humanidad, se funda en la paradoja y es irresoluble sin la eliminación de uno de los contrarios.
El prójimo solo adquiere sentido en la realidad, dimensión histórica, en tanto en cuanto domina el objeto, dispone de los medios y participa de los fines del grupo humano...
Cuidar “iaios�,
Coger fruta,
limpiar casas,
cargar butano...
¿Quitamos el trabajo
o quitamos mierda?