
EDUARDO GALEANO, PRIMER CIUDADANO ILUSTRE DEL MERCOSUR, Y UN DISCURSO
INOLVIDABLE
Por Eduardo Galeano
Nuestra región es el reino de las paradojas.
Brasil, pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho, el hombre
más feo del Brasil, creó las más altas hermosuras del arte de la época
colonial; paradójicamente, Garrincha, arruinado desde la infancia por la
miseria y la poliomelitis, nacido para la desdicha, fue el jugador que
más alegría ofreció en toda la historia del fútbol y, paradójicamente,
ya ha cumplido cien años de edad Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de
los arquitectos y el más joven de los brasileños.
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O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres voltearon una
dictadura militar. Paradójicamente, toda Bolivia se burló de ellas
cuando iniciaron su huelga de hambre. Paradójicamente, toda Bolivia
terminó ayunando con ellas, hasta que la dictadura cayó.
Yo había conocido a una de esas cinco porfiadas, Domitila Barrios, en el
pueblo minero de Llallagua. En una asamblea de obreros de las minas,
todos hombres, ella se había alzado y había hecho callar a todos.
–Quiero decirles estito –había dicho–. Nuestro enemigo principal no es
el imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo
principal es el miedo, y lo llevamos adentro.
Y años después, reencontré a Domitila en Estocolmo. La habían echado de
Bolivia, y ella había marchado al exilio, con sus siete hijos. Domitila
estaba muy agradecida de la solidaridad de los suecos, y les admiraba la
libertad, pero ellos le daban pena, tan solitos que estaban, bebiendo
solos, comiendo solos, hablando solos. Y les daba consejos:
–No sean bobos –les decía–. Júntense. Nosotros, allá en Bolivia, nos
juntamos. Aunque sea para pelearnos, nos juntamos.
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Y cuánta razón tenía.
Porque, digo yo: ¿existen los dientes, si no se juntan en la boca?
¿Existen los dedos, si no se juntan en la mano?
Juntarnos: y no sólo para defender el precio de nuestros productos, sino
también, y sobre todo, para defender el valor de nuestros derechos. Bien
juntos están, aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas, los
pocos países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos los demás. Su
riqueza come pobreza y su arrogancia come miedo. Hace bien poquito,
pongamos por caso, Europa aprobó la ley que convierte a los inmigrantes
en criminales. Paradoja de paradojas: Europa, que durante siglos ha
invadido el mundo, cierra la puerta en las narices de los invadidos,
cuando le retribuyen la visita. Y esa ley se ha promulgado con una
asombrosa impunidad, que resultaría inexplicable si no estuviéramos
acostumbrados a ser comidos y a vivir con miedo.
Miedo de vivir, miedo de decir, miedo de ser. Esta región nuestra forma
parte de una América latina organizada para el divorcio de sus partes,
para el odio mutuo y la mutua ignorancia. Pero sólo siendo juntos
seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición
que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que
cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en
lugar de crear.
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Todo a lo largo de la primera mitad del siglo diecinueve, un venezolano
llamado Simón Rodríguez anduvo por los caminos de nuestra América, a
lomo de mula, desafiando a los nuevos dueños del poder:
–Ustedes –clamaba don Simón–, ustedes que tanto imitan a los europeos,
¿por qué no les imitan lo más importante, que es la originalidad?
Paradójicamente, era escuchado por nadie este hombre que tanto merecía
ser escuchado. Paradójicamente, lo llamaban loco, porque cometía la
cordura de creer que debemos pensar con nuestra propia cabeza, porque
cometía la cordura de proponer una educación para todos y una América de
todos, y decía que al que no sabe, cualquiera lo engaña y al que no
tiene, cualquiera lo compra, y porque cometía la cordura de dudar de la
independencia de nuestros países recién nacidos:
–No somos dueños de nosotros mismos –decía–. Somos independientes, pero
no somos libres.
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Quince años después de la muerte del loco Rodríguez, Paraguay fue
exterminado. El único país hispanoamericano de veras libre fue
paradójicamente asesinado en nombre de la libertad. Paraguay no estaba
preso en la jaula de la deuda externa, porque no debía un centavo a
nadie, y no practicaba la mentirosa libertad de comercio, que nos
imponía y nos impone una economía de importación y una cultura de
impostación.
Paradójicamente, al cabo de cinco años de guerra feroz, entre tanta
muerte sobrevivió el origen. Según la más antigua de sus tradiciones,
los paraguayos habían nacido de la lengua que los nombró, y entre las
ruinas humeantes sobrevivió esa lengua sagrada, la lengua primera, la
lengua guaraní. Y en guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora de
la verdad, que es la hora del amor y del humor.
En guaraní, ñeñé significa palabra y también significa alma. Quien
miente la palabra traiciona el alma.
Si te doy mi palabra, me doy.
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Un siglo después de la guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio
su palabra, y se dio.
Los aviones escupían bombas sobre el palacio de gobierno, también
ametrallado por las tropas de tierra. El había dicho:
–Yo de aquí no salgo vivo.
En la historia latinoamericana, es una frase frecuente. La han
pronunciado unos cuantos presidentes que después han salido vivos, para
seguir pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La bala de Salvador
Allende no mintió.
Paradójicamente, una de las principales avenidas de Santiago de Chile se
llama, todavía, Once de Setiembre. Y no se llama así por las víctimas de
las Torres Gemelas de Nueva York. No. Se llama así en homenaje a los
verdugos de la democracia en Chile. Con todo respeto por ese país que
amo, me atrevo a preguntar, por puro sentido común: ¿No sería hora de
cambiarle el nombre? ¿No sería hora de llamarla Avenida Salvador
Allende, en homenaje a la dignidad de la democracia y a la dignidad de
la palabra?
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Y saltando la cordillera, me pregunto: ¿por qué será que el Che Guevara,
el argentino más famoso de todos los tiempos, el más universal de los
latinoamericanos, tiene la costumbre de seguir naciendo?
Paradójicamente, cuanto más lo manipulan, cuanto más lo traicionan, más
nace. El es el más nacedor de todos.
Y me pregunto: ¿No será porque él decía lo que pensaba, y hacía lo que
decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en este
mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y
cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?
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Los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias
patrias. Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la
región, evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio, pero sigue siendo mi
compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la dictadura militar del
Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera subversiva
y tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el mausoleo que
erigió para ofender su memoria.
A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande se rompiera en
pedazos; a él, que se negó a aceptar que la independencia de América
fuera una emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el
verdadero primer ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción,
que recibo en su nombre.
Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo:
1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde en el
exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de
lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del
caballo, y se pierde en la fronda.
Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted
no sabe, todavía, que se va para siempre.
Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin
aliento.
¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que
le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se
harán dignos de tristeza tan honda?
Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don
José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez
que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque
usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra
que ella ha dicho.